Brand new

Parece que el primer artículo que una escribe en un nuevo lugar tiene que ser siempre una declaración de intenciones de algo. Una entrada triunfal. Una articulación de los principios que abarcarán su obra.

Pues no soy capaz de afrontar un reto de esta envergadura. Así que pongamos por caso que este artículo es, por ejemplo, el décimo. Que ya sabéis de mi pasión por la cocina, o por los libros, o por el mundo de la maternidad y el del matrimonio. Que ya os he hablado de mi interés por la productividad y la planificación. ¿Vale? Dejemos atrás ese primer encuentro incómodo en el que todos intentamos dar la talla, parecer interesantes, parecer interesados, ser simpáticos. Olvidemos todo esto y hagamos como que ya, al menos un poco, nos conocemos.

Hoy quiero hablaros de algo que aún no había contado (ciertamente…).

Sucedió hace poco más de dos años. Un domingo de principios de febrero me levanté y tuve una sensación extraña. No sabría decir bien qué sensación. Pero era algo diferente, una intuición. Tarde poco menos de un minuto en buscar en el armario un test (qué le voy a hacer, los tengo en el armario, sí) y probar. Llamé a mi marido que estaba aún en la cama y descubrimos juntos el resultado.

Dos rayas.

De esas que lo cambian todo. De esas que estás deseando que sucedan pero que, cuando llegan, te dejan igualmente sorprendido. Misterios de nuestro cerebro…

Nos fundimos en un abrazo lleno de lágrimas de alegría y poco tardamos en contarle a nuestras familias la feliz noticia del embarazo. Hacía poco más de dos meses que estábamos casados así que era todo brand new (nuevo, recién estrenado), como diría un americano.

Tardé solo una semana en tener ya planificadas las vacaciones, las tiendas en las que compraría la ropa, el carrito que me gustaría tener y cuándo lo diría en el trabajo. Qué rápido trabajan nuestros cerebros femeninos, ¿eh? Quizás el mío –no sé aún si por suerte o por desgracia- aún más, visto que soy una planificadora en potencia de cualquier mínima cosa.

Qué emocionante, qué ilusión saber que una va por la vida siendo dos. No hay palabras para describirlo. Es infinitamente maravilloso. También esa sensación es absolutamente brand new.

Dos semanas después fuimos al ginecólogo con la emoción de quien piensa que verá ya incluso hasta el parecido de la forma de la nariz. El médico encendió el ecógrafo y empezó a analizar.

Busca. Carraspea. Lo mueve de un lado a otro. Aprieta. Lo mueve más allá y se ajusta las gafas. Vuelve a moverlo. Un poco más de gel de ultrasonidos quizá… Pero la expresión de su cara se ensombrece y, después de un minuto más, imprime la ecografía y nos pide que nos sentemos.

Y ahí estábamos los tres sentados, en una atmósfera que había pasado de ser del color del sol radiante de primavera a lo más parecido a la niebla cerrada de un pueblo de montaña.

No hay feto.

Hay embarazo, pero él ya no está. Huevo huero, lo llaman en su jerga. En algún momento el embrión murió pero el cuerpo no se enteró y siguió adelante como si todo fuera normal. Creciendo y produciendo las hormonas que debía.

Hasta el día de hoy esta es la noticia que más se ha parecido a esa famosa expresión del jarro de agua fría. De repente todo se hizo silencio. Todo fue silencio.

La vuelta a casa fue tan dura como las siguientes horas. Quien lo ha pasado lo sabe. De repente pasaron por mi mente todos mis planes, todas esas caras que me había imaginado, toda esa felicidad. Todo se desvanecía.

Pequeño inciso: años atrás un ginecólogo amigo de mis padres explicaba que muchas veces el hijo mayor llega para dar la vida por sus hermanos, para abrirles el camino. Era una manera existencial y de fe de dar sentido a ese altísimo porcentaje de abortos espontáneos en el primer embarazo. Nunca pensé que fuera para mí.

Y ahí estaba yo, viviendo en mi propia vida esas palabras. Decidimos llamarla Lourdes porque fue cerca de esa fiesta que vivimos toda esta historia.

Pero esta historia no es, aunque hasta aquí haya podido parecerlo, una historia de desesperanza. Es una historia de vida.

Dejarse llevar por los planes del de Arriba sería reductivo. Durante aquellos días oscuros y silenciosos decidimos abandonarnos a Su voluntad. Decidimos creer que si era su decisión, era lo mejor. Decidimos pensar que teníamos una hija en el Cielo y acogerla así: no como la habíamos soñado o deseado, sino como Él la había soñado y deseado primero. Él la creó para un propósito más grande y más noble que el que seguro que nuestros humanos y limitados corazones habían pensado. Nosotros pensábamos que nos haría felices naciendo, y sin embargo nos hizo felicísimos naciendo directamente en el Cielo. Él transformó nuestro luto en alegría. No lo hizo años después, lo hizo a través de este proceso. Mientras estábamos en el hospital terminamos comprendiéndolo: supimos que estábamos formando parte de un proyecto enorme para nuestra familia. El proyecto de dar la vida. Uno no planifica cómo, simplemente acepta hacerlo.

Gracias Lourdes por haber dado la vida por tus hermanos. Ellos te lo agradecerán y te celebraremos cada año el 11 de febrero. Gracias por habernos ayudado a crecer como matrimonio y a comprender, aunque solo sea un poco, que Sus planes son mejores que los nuestros. Mereciste la pena desde el principio hasta el final y no cambiaría esta experiencia por nada.

No ha sido fácil escribir estas líneas, pero deseaba muchísimo hacerlo aunque fuese entre lágrimas. El mundo tiene que conocer que tu paso por nuestra vida podemos definirlo sólo como maravilloso, como una bendición.

Hasta la eternidad, Lourdes. Estoy deseando conocerte.

Preziosa è agli occhi del Signore la morte dei suoi figli.
A los ojos del Señor la muerte de sus hijos es valiosísima.
Salmo 116, 15

[Foto de Sara Martín]

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11 comments

  1. Yo pasé por lo mismo y siento que la Vida está hecha a la perfección. Fantástico artículo. Un abrazo desde León, no me perderé ni un artículo.

  2. Me ha emocionado tu artículo, he llorado mientras se lo leía a mi marido porque yo perdí dos hijos a las pocas semanas de gestación, pero no tuve la suerte de que me sentaran para anunciármelo si no que me lo dijeron mientras me hacían la ecografía de la forma más fría qué se le puede decir a unos padres que su hijo a muerto. Yo también estoy deseando conocerlos.Gracias por emocionar…Os seguiré con entusiasmo. Una mamá feliz.

    1. Muchas gracias por tu comentario Fátima. Efectivamente una forma muy fría… Pero por suerte tenemos Quien nos sane esas heridas humanas también. Ya queda menos para conocerle a Él y a ellos 🙂 Un abrazo!

  3. Muchas gracias por este artículo. Al igual que tú, poco tiempo después de casarme tuve un aborto espontáneo, la sensación más dolorosa que he tenido en mi vida. Tampoco pensaba que podía pasarme a mí… me costó mucho entender que mi hijo nació directamente a la Eternidad. Gracias de nuevo. Un abrazo.

    1. Gracias Rosario. Efectivamente nunca pensamos que nos pasará a nosotras… Pero en realidad que pase o menos es lo menos importante. Lo importante es qué aprendemos, y qué ganamos: un hijo en el Cielo. Un abrazo!

  4. Gracias por compartir esta experiencia, Sara. A pesar del dolor, que seguro no alcanzo a imaginar, es preciosa. Me ayuda mucho a enfocar bien la maternidad.
    Un abrazo

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