Servidumbre humana

El otro día quedé a dar un paseo con un viejo amigo, muy sabio, que padece Alzheimer. Está ya en esa etapa en la que tiene lagunas de memoria más que importantes: ha olvidado que padece una enfermedad, pero todavía se puede mantener una conversación con él, si se le conoce bien y se le va llevando por los rumbos adecuados.

Este amigo mío, que solía ser muy entusiasta de los temas de actualidad, era especialmente certero a la hora de analizarla con gran profundidad y calado intelectual. Siempre fue –y sigue siendo- un caballero de modo que, en determinado momento, me comentó “disculpa que ya no esté tan al tanto. Con la edad uno va perdiendo facultades. Intento mantenerme al día, pero noto que olvido las cosas”. Normalmente con este tipo de enfermos lo importante es que sientan mucho cariño, y que todas las conversaciones versen sobre materias agradables, pero me nació del alma decirle “mira, tal y como están las cosas, es casi mejor que no estés al tanto del panorama”.

Con este exabrupto piqué su curiosidad -¿a quién no se le despertaría?- y yo no quise desviar condescendientemente el tema ante alguien que, pese a estar enfermo, ha sido un gran y querido maestro para mí, en todos los aspectos que esta palabra tiene. Tampoco podía entrar en cuestiones complejas, así que saqué a colación algo sencillo y le comenté “pues mira, una gran mayoría de mujeres de mi edad no quieren ser madres. Se está extendiendo la idea de que la maternidad es una esclavitud.”

Teniendo en cuenta que es una persona de 76 años que empieza a olvidar ya cómo fue su propia juventud, su cara de estupor fue total. Casi me arrepentí de haber comentado justo este aspecto de la realidad que nos está tocando vivir; al fin y al cabo, malos gobiernos los ha habido siempre, pero la decisión generalizada de no tener descendencia es un suicidio social y cultural en toda regla. Sin embargo, me sorprendió gratamente su respuesta, volvió a asomar por un instante el hombre que fue, y de quien tantísimo he aprendido:

“Pero vamos a ver, Mariona, ¡si todo es esclavitud!”

Y sí, ésa es la cruda y simple realidad, es natural que de eso no se haya olvidado dado que es algo más que evidente. Mi pregunta es, ¿en qué momento lo hemos olvidado nosotros? No atino a encontrar una respuesta cabal a esta pregunta, puesto que me parece demasiado obvio que constantemente nos encontramos con nuestra propia limitación en la vida diaria: no hablo ya de la enfermedad, o de la muerte, sino de cosas tan cotidianas como el tener que levantarse para ir a trabajar y pagar el alquiler, o el eterno retorno de comprar comida, prepararla, ingerirla, lavar los platos, ver cómo se va vaciando la despensa, y tener que volver al supermercado. Inciso: esto me recuerda al día en que mi hijo tomó con cuatro años la decisión de no comer más, porque estaba cansado de tener que ir después al baño y verse involucrado en una faena tan poco digna como aquella.

Alguien podría replicarme que este esquema es válido sólo para el común de los mortales, pero que existe una clase superior que, por herencia, suerte o inteligencia ha conseguido obtener una cuenta corriente lo suficientemente gruesa como para no tener que volver a ensuciarse las manos con quehaceres tan monótonos como desagradables. Y yo les pregunto: ¿de verdad pensáis que esa gente se ha visto libre de toda esclavitud, es decir, de toda limitación? No hablo de nuevo de lo evidente, como la tarea que tanto desagrada a mi hijo, o de la enfermedad y la muerte, que no entienden de clase y condición. Estoy pensando más bien en ese afán de trascendencia que aparece de una u otra forma en todo ser humano, del que no podemos deshacernos, y que es independiente de que uno tenga creencias religiosas o no.

Ese afán va siempre de la mano del anhelo de amar y ser amado, de esa clase de amor que es auténtico, porque no reniega de la realidad, sino que la acepta y la abraza: te amo por ser tú, con todos tus éxitos y limitaciones, porque eres tú y no otra persona, porque no sólo te amo a ti, sino que amo contigo. Un amor así, tan difícil de aprender, y más complicado todavía de ejercitar, exige la trascendencia; desde el fondo del corazón humano una voz grita “no es posible que esto acabe en el olvido, en huesos y alimento de los gusanos”. Es este anhelo el que más nos muestra nuestra limitación –nuestra esclavitud- y quizá por eso es el que más ignoramos, para no enfrentarnos al dolor que provoca, especialmente a los que no son creyentes.

De dicho anhelo no nos libra la fama, ni el dinero, ni una vida acomodada. Esto no son teorías mías, es algo que podemos constatar en las excentricidades y desvaríos que llegan a cometer quienes, teniéndolo todo en términos materiales, no han sabido enfrentarse a nuestra limitación inherente, esa “servidumbre humana” que con tanta maestría describió Somerset Maugham en su novela homónima.

Una vez asumida dicha esclavitud, yo me pregunto ¿por qué reniegan tanto las feministas actuales de lo que supone cuidar niños, enfermos o ancianos? Evidentemente no es una labor fácil, como no lo es nada de lo que merece realmente la pena. Sin embargo, de todas nuestras pequeñas y grandes esclavitudes, es de las que más nos acercan a lo que nuestro fuero interno nos llama de forma constante: a amar y ser amados.

Cualquier persona que se ha ocupado personalmente del cuidado de un bebé indefenso, que ha tenido la paciencia y la altura humana de atender a un enfermo o a un anciano, sabe de lo que hablo. Pueden contar en primera persona lo duro y desesperante que puede llegar a ser, pero también es verdad que jamás se les borrará de la memoria los primeros pasos de su hijo, la sonrisa agradecida de quien está postrado en una cama, o lo que supone haber cuidado a tus padres en su ancianidad, sosteniéndoles la mano en la hora postrera mientras resuenan en sus cabezas frases soltadas al azar, en un día cualquiera, tales como “Hija mía, ¿qué habría sido de mí sin ti?”.

Muchos pueden llamarlo esclavitud, no les negaré la parte que de ello tiene, pero ésta es preferible a tener bamboleando la voz de tu jefe con su eterno “Gúmpert, necesito el informe para dentro de dos horas.” Pero bueno, a lo mejor es que yo no he entendido nada. O, como solía decir mi abuela, “quizá es que los raros somos nosotros”.

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4 comments

  1. Brava, Mariona.

    Me ha encantado tu artículo, tocas muchos temas pero eres capaz de unirlos por la línea central del amor trascendental…

    Creo que podrías desarrollar varios de los temas que comentas en una serie de artículos adicionales (eso quiere decir que me he quedado con ganas de más!).

    Es la primera vez que leo este blog, al que he llegado gracias a ti, y espero que sigas escribiendo ‪😉‬.

  2. 15 de febrero de 2020

    Querida Mariona:

    Me ha parecido precioso tu artículo, por la enorme humanidad y realismo con que abordas nuestras servidumbres y esclavitudes, y, más todavía, por remitirnos con tanta fuerza a ese afán de trascendencia que, querámoslo o no, llevamos imborrablemente impreso en nuestro interior.

    Me parece muy comprensible que, tratando de no “complicarnos la vida más de la cuenta”, todos, en mayor o menor medida, busquemos espontáneamente acallar ese afán de mil maneras (con viajes, compras, trabajo, actividades de todo tipo, etc.).

    Y eso a pesar de que ese anhelo de trascendencia, como muy bien dices, “aparece de una u otra forma en todo ser humano”, siendo un anhelo “del que no podemos deshacernos, y que es independiente de que uno tenga creencias religiosas o no”.

    Respecto a él, diría también (¡desde otro punto de vista!) que consiste en una imperiosa necesidad y una invencible ley inscrita en todo hombre desde su concepción.

    Asimismo, es muy comprensible que, debido a “la ley del mínimo esfuerzo”, todos podamos preferir una mascota antes que un hijo, o todos (¡pero preferentemente los varones!) podamos preferir trabajar delante de un ordenador antes que cuidar y atender a un padre anciano o a un amigo enfermo.

    Y, sin embargo, el mayor regalo que podemos recibir todos es que, forzados por la necesidad o voluntariamente, estemos totalmente metidos e implicados, día tras día, en una relación casi constante con personas “heridas” y necesitadas (mi anciana madre con su Alzhéimer, mi mujer con cáncer de mama, mi hijo tetrapléjico o “síndrome de Down”, etc.), personas que, con su humanidad pobre y enferma (¡exactamente como la nuestra!), no solamente nos descolocan y desbordan, sino que sobre todo nos enseñan y ayudan (mucho más que lo que nosotros podamos enseñarles o ayudarles a ellos).

    Entonces es cuando palpamos y comprobamos, como bien dices, que ese afán de trascendencia “va siempre de la mano del anhelo de amar y ser amado”, y nos hace gritar desde lo más hondo: “no es posible que esto acabe en el olvido, en huesos y alimento de los gusanos”.

    Si me permites, Mariona, comento a mi manera lo que dices a continuación, ya que, a mi parecer, ahí está la piedra angular que sostiene todo tu artículo.

    “Es este anhelo, dices, el que más nos muestra nuestra limitación –nuestra esclavitud- y quizá por eso es el que más ignoramos, para no enfrentarnos al dolor que provoca, especialmente a los que no son creyentes”.

    Efectivamente, este anhelo de trascendencia es el que más nos muestra nuestra limitación y esclavitud, pero, en realidad, el poder constatarlo (¡incluso crudamente y sin paliativos!) no es ninguna deshonra para nadie. “A nadie se le van a caer los anillos por ello”.

    Al contrario, constatarlo es nuestra mayor dignidad, y, aceptar nuestra dignidad, es a su vez la mayor bendición y lotería que nos podían haber regalado en este mundo. Sólo entonces tenemos ojos ante los “primeros pasos de nuestro hijo”, y sólo entonces captamos de verdad “la sonrisa agradecida de quien está postrado en una cama”. Sólo entonces aprendemos a reconocer y a decir agradecidos: “¿qué habría sido de mí sin ti?”.

    De todas maneras, es verdad también que, el enfrentarnos a ese anhelo y el acogerlo, provoca dolor en nosotros, y por evitar ese dolor tratamos de “escurrir el bulto” durante el mayor tiempo posible, prefiriendo ir a ver el campo que hemos comprado, ir a probar las yuntas de bueyes que hemos comprado, o quedarnos tranquilamente en nuestra casa con nuestra muy querida mujer (Lucas 14, 18- 20).

    A mi parecer, esta tendencia a “escurrir el bulto” es permanente (¡o poco menos!), tanto en creyentes como en no creyentes.

    Por ello, creo, aún después de nuestra conversión, a los creyentes nos conviene mucho repetir aquello de san Agustín: “¡Tarde te amé, Hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por fuera te buscaba; y, deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, más yo no estaba contigo. Reteníanme lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no existirían”.

    Parafraseando a san Agustín, querida Mariona, podríamos decir también que tampoco nosotros existiríamos si previamente no estuviésemos en Cristo, ni por supuesto existiría en nosotros ese afán y anhelo de trascendencia.

    Ni siquiera seríamos el ser contradictorio que somos actualmente.

    Muchísimas gracias por tu artículo.

    Gracias también a Daniel Brand, por el acertadísimo comentario y sugerencia que te hace.

    Un fuerte abrazo:

    José María

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