La Belleza que atrae

Me despedí, cerré la puerta y pensé: verdaderamente hay una Belleza que atrae.

Jamás hubiera imaginado tener la suerte de poder visitar el Centro de Estudios e Investigaciones Ezio Aletti.

En este taller, muy cerca de la Basílica de Santa Maria Maggiore (Roma), nacen los mosaicos de Padre Rupnik, jesuita esloveno conocido por sus mosaicos en un gran número de iglesias. Entre otras, la capilla de Redemptoris Mater del Palacio Apostólico de la Ciudad del Vaticano.

Padre Rupnik desde 1991 dirige el Centro Ezio Aletti, en el cual se busca el encuentro entre el Occidente y Oriente cristiano.

Todavía recuerdo esa JMJ en la que conocí por primera vez su obra, a través de la sala capitular y la sacristía mayor de la Catedral de la Almudena en Madrid. Allí intuí la importancia del arte espiritual.

Entrar en el Centro Aletti es sumergirse intensamente en un clima especial, de vida, trabajo y oración en comunión. De esta comunión surge el arte espiritual que carga de belleza los mosaicos y nos hace presente el Misterio.

“¿Y quién no se siente atraído y fascinado por la Belleza?”, nos preguntaba uno de los artistas. Un cristiano, cuando entra en una iglesia, sabe que es un lugar habitado. El arte litúrgico es parte integrante de este espacio, no solo como decoración sino como manifestación, para todo hombre, de este Misterio que se hace presente.

¡Qué importante es el principio de la belleza como atracción dentro de la Iglesia (también más allá del edificio), como algo que conmueve y que lleva al encuentro con Dios, a la adhesión libre a causa de ese enamoramiento!

Es evidente que los mosaicos del Centro Aletti no tienen únicamente la función de rellenar los muros o fachadas de una iglesia. La obra orienta hacia el punto vivificante, Cristo.

Cuando pasamos al taller, vimos un grupo de personas cortando a cizalla granitos, mármoles y calizas de diferentes partes del mundo y de una gran variedad de colores; otros artistas las clasificaban, otros daban forma a algunas partes de un mosaico. En esa sala, la materia, la piedra, se descubre como camino de maduración personal.

 

Para cortar la piedra hace falta conocerla, pero eso no lo es todo. La piedra se rompe a cizalla atendiendo a sus patrones de fragilidad. No según nuestra apetencia.

Teniendo en cuenta las características de la piedra, se aprende a tener en cuenta al otro, a afirmarlo a reconocerlo. Es, en cierta manera, una mirada al Origen y un gesto de confianza y de abandono. Muriendo a la voluntad propia, se entra en comunión.

De esta forma, el artista permanece atento a no imponer su idea, está en diálogo con el Misterio. Su obra cobra vida y se materializa a través de la piedra noble e inerte. La materia ya no es, por tanto, opacidad del espíritu, sino comunicación. La obra nacerá animada de una voluntad intrínseca y reveladora. La materia será obra de arte viva.

En el Centro Aletti, percibí el taller como ese lugar de encuentro entre fe y arte, donde se vive el arte como servicio y el servicio como liturgia y participación en la obra de Dios.

Para finalizar la visita, cruzamos el patio y nos llevaron a visitar los mosaicos de la Capilla del Centro. Ante ellos, nació en mí un complejo indivisible de impresiones. A través de los mosaicos ya acabados, la imagen representada se me mostraba como clave para orientar todos mis sentidos hacia el punto focal, Cristo, y entrar en comunión con Él. Así es como descubrí el significado autentico y profundo de la obra misma. Es entonces cuando el Misterio se me hizo real y tangible. Entró en juego la totalidad de la persona y la materia daba testimonio de Su presencia.

Verdaderamente hay una Belleza que atrae. Como dice Pavel Florensky:

“La verdad revelada es el Amor y el Amor realizado es la Belleza”.

Fotografías: cortesía del Centro Enzio Aletti

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