Cómo reconciliarse con la maternidad en hora y media

No lo prometí, pero lo siento igualmente como una deuda. Hace tres meses compartí con vosotras mi pánico total ante la inminencia de mi segundo parto. El primero había sido traumático hasta niveles inimaginables y, sinceramente, por muchas ganas que tuviera de tener más hijos, reconozco que la cuestión de dar a luz me hacía temblar de miedo.

Pero Dios, que es un tipo bastante original, ha conseguido de un plumazo acabar con el trauma y reconciliarme con la maternidad. Juro que, aunque me hubiera sentado con papel y lápiz a pensar cómo podría acabar con el trauma, no se me habría ocurrido ni de lejos nada de lo que me ha tocado vivir.

Coged el bol de palomitas, porque lo que voy a contar se parece más a una película de Hollywood que a cualquier parto que hayáis conocido.

Todo sucedió el 25 de julio. Patrón de España, por cierto. Viviendo en Italia, me hacía mucha ilusión que fuera ese día, para tener algo de españolidad al menos en eso… Había salido de cuentas cuatro días antes, así que evidentemente el acontecimiento podía suceder en cualquier momento, pero visto que me encontraba bien, mi marido se fue a trabajar y mis padres a dar un paseo a una ciudad cercana.

Mi hija la mayor estaba echándose la siesta cuando sentí las primeras contracciones poco después de las dos de la tarde. Muy distantes, algo dolorosas. No me preocupé excesivamente (considero esta actitud una virtud… Ya me diréis si estoy equivocada). Media hora después empezaron a ser más frecuentes, así que cogí mi pelota de pilates y me senté encima. Todo controlado. Sin embargo, en pocos minutos todo cambió de repente: las contracciones se hicieron cada vez más dolorosas y frecuentes, así que avisé a mi marido para que volviera del trabajo y a mis padres para que regresaran también. En menos de una hora estarían todos en casa. “Hay tiempo más que de sobra para ir al hospital”, pensé yo. El anterior parto había durado doce horas, así que no había por qué preocuparse.

Qué equivocada estaba…

Mi suegra apareció por la puerta a las 15:15 insistiendo en llevarme al hospital, pero las contracciones eran cada minuto y yo no era capaz de caminar ni tres metros seguidos, así que después de sopesarlo, llamó a la ambulancia y les dijo que estaba de parto. “¡Qué exagerada, es mejor no mentir a los de la ambulancia!”, pensé yo. ¡Ni que fuera a parir en ese instante!

Y sin embargo, la exagerada fui yo. Tenía razón mi suegra. No supe ver las señales, la frecuencia cada vez mayor de las contracciones. No supe interpretar lo que habría sido evidente para cualquier mente lúcida. Pero es que una mujer parturienta tiene cualquier cosa menos una mente lúcida…

Lo siguiente que sucedió es que rompí aguas según entraron los de la ambulancia por la puerta y menos de diez minutos después di a luz en el suelo del salón de mi casa. Sin higiene. A la antigua usanza, con palanganas y toallas. Mi marido y mis padres llegaron apenas cinco minutos antes, justo para ver nacer a Chiara. En cuanto salió y rompió a llorar, todos estallamos en gritos de alegría. ¡Un momento inolvidable!

Los médicos y voluntarios de la ambulancia de la Cruz Roja fueron especialmente cercanos. Y muy eficientes, teniendo en cuenta que ninguno de ellos había asistido jamás a un parto. Ellos fueron una parte fundamental de mi reconciliación con la maternidad. Afectuosos, centrados, presentes, infundiéndome confianza. Lo sentí así. Fueron los diez minutos más intensos de mi vida y sin embargo, fueron preciosos.

Fue un parto precioso. No como lo habría planificado yo, sino mucho mejor. Muchísimo mejor. No sólo por su brevedad (que también, no nos vamos a engañar… ¡Hora y media es el deseo de cualquier mujer!), sino por sentirme rodeada por las personas que más quería y por profesionales dispuestos a darlo todo en las condiciones menos favorables. Me sentí acompañada, protegida, ayudada, comprendida. Fue algo especial. Recordaré esos momentos para siempre, y los recordaré con emoción. No sé cómo es posible, pero así es. Adoro mi parto, adoro cómo ha sido. No sé explicarlo, así que creo que podríamos incluirlo en la categoría de milagro, ¿no?

Gracias, Chiara, por haber venido a reconciliarme con la maternidad. Gracias por llegar pisando fuerte, siendo única, diferente. Con una hermana mayor con tanta personalidad, era mejor llegar marcando el territorio, sin duda. Gracias por tu mirada serena, por todo lo que me enseñas cada día.

Gracias, Señor, por este parto tan increíble, natural e inesperado. Gracias por el gran regalo que nos has hecho a las mujeres: poder engendrar la vida dentro de nosotras. ¡No podría sentirme más afortunada! Y gracias porque en mí se ha cumplido la palabra del Apocalipsis: “Todo lo hago nuevo”. Incluso lo que era aparentemente imposible.

PS: Para las que queráis saber más, lo que me sucedió se llama parto precipitado en la literatura médica. Aquí tenéis más información. Como podéis ver, los riesgos asociados a este tipo de parto no son precisamente peccata minuta, y sin embargo, todo salió extraordinariamente bien. Definitivamente, estamos en manos de Dios.

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9 comments

  1. Qué bien Sara!!!
    Yo tuve mi tercera hija hace dos semanas. Las últimas semanas de embarazo la cosa apuntaba a cesarea (que dan un pánico horrible). Finalmente fue inducido y, contra todo pronóstico, acabó siendo un parto natural -como quería inicialmente- y muy corto (no tanto como el tuyo eh!). Nada fue cómo había imaginado y, sin duda, aun así puedo decir que fue un parto feliz. ¡Qué afortunadas somos! Un saludo y enhorabuena familia 😘

  2. ¡Me he emocionado mucho al leerlo! Enhorabuena Sara por tu superación… sin duda “la fe nos hace grandes” El Señor sigue sorprendiéndonos… que Él os bendiga a Chiara, a ti y a toda tu familia +

  3. Hermoso testimonio, que anima y alienta a quienes aveces se nos va la luz de la esperanza, de lo que Dios hace nuevo.
    Un abrazo a la distancia desde Perú.

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