A vueltas con el orgasmo femenino

a vueltas con el orgasmo femenino

Me voy a meter en un jardín… Y no sé si sabré salir.

Hace unas semanas vi un anuncio de Durex en la televisión que decía así: “Dos de cada tres mujeres no siempre llegan al orgasmo en sus relaciones. Esto tiene que cambiar”. Y para resolver el problema, la marca proponía comprar su nuevo gel revolucionario. Nada, chica, que usas ese gel prodigioso y problema resuelto: tienes los orgasmos de tu vida. Evidentemente, cada empresa tiene que vender su producto, pero me quedé pensando en el fondo del mensaje: Si dos de cada tres mujeres (¡dos de cada tres!) tiene que usar un gel o cualquier otro artilugio sexual para llegar al orgasmo es como decir que algo no funciona del todo bien en la mujer y por eso tiene que acudir a soluciones externas, ¿no es así?

En esta misma línea, una encuesta realizada por Bijoux Indiscrets, una empresa que se dedica a comercializar productos y juguetes eróticos, revela que el 52,1 por ciento de las mujeres ha fingido orgasmos alguna vez, que el 43,2 por ciento lo hace para dar por finalizada la relación sexual, y que un 22,5 por ciento de las mujeres no logra el orgasmo durante el sexo nunca o casi nunca. Inquietantes estadísticas. Sobre todo hoy en día en que parece que todo el mundo tiene una vida sexual de lo más satisfactoria.

¿Va a resultar entonces que las mujeres estamos mal hechas? ¿De verdad ese es el problema?

Nos hemos acostumbrado a ver en el cine, en las novelas o en los anuncios y series de televisión una forma de presentar el sexo que nada tiene que ver con la realidad. Se le atribuyen a la mujer formas de reaccionar a la excitación sexual más propias del hombre, con una rapidez e inmediatez que no se ajustan al ritmo propio femenino. Se crean así una serie de expectativas falsas, que frustran profundamente a la mujer y que además crean desconcierto en el varón.

Aquí va una cita un poco larga de un autor de mi predilección, que creo que puede arrojar luz sobre esas diferencias que existen en el ámbito sexual entre el hombre y la mujer: “Los sexólogos constatan que la curva de excitación de la mujer es diferente de la del hombre: sube y baja con mayor lentitud. En el aspecto anatómico, la excitación en la mujer se produce de una manera análoga a la del hombre (el centro se halla en la médula S2-S3), con todo, su organismo está dotado de muchas zonas erógenas, lo cual la compensa en parte de que se excite más lentamente. El hombre ha de tener en cuenta esta diferencia de reacciones, pero no por razones hedonistas, sino altruistas. Existe en este terreno un ritmo dictado por la naturaleza que los cónyuges han de encontrar para llegar conjuntamente al punto culminante de excitación sexual”.

Quizá le extrañe a algún lector que el autor de la cita sea Karol Wojtyla, 18 años antes de ser elegido como el Papa Juan Pablo II, en su libro Amor y responsabilidad (Ediciones Palabra). Wojtyla no solo explicaba entonces que era necesario que el varón tuviera en cuenta este ritmo más lento en la excitación femenina y sus “muchas zonas erógenas”, sino que llegó a declarar lo siguiente: “La mujer difícilmente perdona al hombre la falta de satisfacción en las relaciones conyugales, que le son penosas de aceptar y que, con los años, pueden originar un complejo muy grave”. Y continúa: “La frigidez y la indiferencia de la mujer es a menudo consecuencia de las faltas cometidas por el hombre que deja a la mujer insatisfecha (…)”.*

Si las curvas de excitación del hombre y de la mujer son asincrónicas, pareciera que están puestas para no encontrarse jamás: la mujer sube y baja lentamente y tiene más peligro de extraviarse por el camino (“¡Se me ha olvidado tender la lavadora!”, “¿habrá hecho pis la niña antes de acostarse?”…), y el hombre va tan deprisa, que si te descuidas, ya está de vuelta. Vamos, que lo de coincidir ambos en algún punto del viaje pareciera como una especie de pequeño milagro. Visto así podríamos confirmar la tesis de que algo está mal hecho en esto de la unión sexual, pero me parece muy reveladora la respuesta que da a este punto el padre Ramón Lucas, LC, experto en Bioética y sexualidad, en una valiente entrevista que acaban de publicar mis amigos Isabel Molina y José Antonio Méndez en la revista Misión: “Esta diversidad fisiológica es la única condición de posibilidad que tenemos los seres humanos de realizar ese acto de donación como un acto libre e inteligente, porque comprendemos que no estamos sujetos a un instinto. El cónyuge que se quiere donar al otro entiende ese ritmo y prepara, dispone, espera, ayuda… en vez de dejarse llevar por un impulso, como hace el animal”.

No seré yo la que dé la solución definitiva al aparente problema del orgasmo femenino, pero me niego a pensar que la mayoría de las mujeres necesiten juguetes sexuales para disfrutar de las relaciones. Es cierto que se pueden dar dificultades, circunstancias o patologías que requiera del asesoramiento de un buen profesional (o que ante la sequedad vaginal se necesite un lubricante). Eso es evidente. Pero en muchas ocasiones el problema reside en cómo se vive esa relación sexual.

Cuando la unión conyugal supone un acto mutuo de entrega al otro todo cobra una dimensión nueva. No es tanto el placer que yo logro alcanzar, sino la disposición de buscar el bien de mi amado, de mirar por él, de entregarme sin reservas, de pensar más en él que en mí, de adecuarnos mutuamente a nuestros ritmos diversos…  De hecho, a veces sucede que relaciones conyugales imperfectas, donde las cosas no han salido como marca el manual, son mucho más íntimas, profundas y unitivas que todas las relaciones técnicamente perfectas que pudiéramos imaginar. El éxito de una relación conyugal no se mide por haber experimentado un orgasmo más intenso, sino por haber entregado mutuamente nuestras personas, nuestros cuerpos y nuestra vida entera al otro en un acto de amor que nos trasciende.

Lo hermoso de todo esto es que es un camino que se emprende, se aprende y se madura entre los dos. Porque el cuerpo tiene su lenguaje y hay que conocerlo y aprender a hablarlo poco a poco. Pero también es cierto que vivir las relaciones sexuales como un acto de donación al otro no sale espontáneamente si no es experimentado en toda una vida compartida. Si no estoy dispuesto a renunciar a mi comodidad por el bien del otro en las cosas normales del día a día, esto tampoco se dará como por arte de magia en las relaciones sexuales.

Wojtyla aseguraba que “Las relaciones sexuales no enseñan el amor, pero, si este es verdadera virtud, lo será también en las relaciones sexuales (conyugales)”.

 

Y ahora, sí, me salgo sigilosamente del jardín en el que me metí.


*Recomiendo leer todo el epígrafe 3 (“Problemas del matrimonio y de las relaciones conyugales”) del capítulo “Observaciones complementarias” de Amor y responsabilidad. O mejor, qué duda cabe, el libro entero, que es un acierto seguro…

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10 comments

  1. Gracias Isis. Me encantó tu artículo. Qué plenitud da nuestra Fe a la vida en todos sus ámbitos! Me encanta este blog y lo recomiendo a mis amigas. Abrazo en Jesús y María.
    Dolores

  2. Ay, madreeee… Isis, que se te va de las manos el tema… Fuera de bromas: nadie te puede negar que tienes una valentía increíble para tratar todos los temas, sean espinosos o no; y de que defiendes tu postura con una firmeza asombrosa.
    Se agradece la naturalidad y sencillez de lo que expones, y efectivamente no deja de soprender que ese “autor de tu predilección” no sea otro que Wojtyla, hoy San Juan Pablo II, Juan Pablo para los amigos.
    Eres un hacha Isis, y creo que estáis haciendo mucho bien con este blog.
    Seguid siendo así de valientes y generosas.

  3. ¡GRACIAS!
    Me ha encantado. No se puede decir más claro ni mejor.
    ¡Comparto! A ver si nos vamos enterando todos…
    Qué razón tienes con lo de las expectativas creadas por pelis, libros, series… Y por ahí anda el tema del porno también, claro…
    Me ha encantado re-encontrarme con la cita de Wojtyla. Leí AyR en segundo de carrera y soy muy fan de ese libro, me parece que es esencial para cualquiera antes de casarse al menos jajajajaj. Recuerdo que cuando leí esa cita me marcó: Wow, a la Iglesia le importa también esto!
    Era la primera vez que leía algo tan claro y tan integrador sobre el tema. Muy top.
    Gracias de nuevo.
    Un abrazo

    1. Ay, sí, Juan Pablo II y su Teología del Cuerpo es un tesoro todavía por descubrir plenamente. Como dices, es muy, pero que muy top! ¡Muchas gracias, Lucía!

  4. Fantástico. Y qué necesidad hay de explicarlo ya no a los jóvenes, sino a los chavales, completamente condicionados y condicionadas -aquí sí que vale el desdoblamiento léxico- por tanta ficción falsa. Gracias, Isis

    1. Y no sólo a los jóvenes, ¿verdad? A todos nos afecta en mayor o menor medida las imágenes que consumimos o que nos presentan. ¡Muchas gracias, Pepe!

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