El trabajo que solo la mujer realiza

El Día Internacional de la Mujer del año pasado me pilló trabajando. Pero no era la mía una labor cualquiera. Se trataba de un trabajo desgarrador, doloroso, cuasi salvaje, que da miedo comenzar, pero que, al final, siempre resulta esplendoroso. Un trabajo esencialmente femenino. Es más, aquel que solo una mujer puede realizar.

Desde mi casa todavía se veían coches atascados a causa de la huelga del 8 de marzo. Serían cerca de las 10 de la noche y mis hijos ya dormían. Comencé entonces a tener dolores cada vez más fuertes y frecuentes. Mandé un mensaje a mi marido: “Cariño, ya te puedes ir viniendo a casa”. Él estaba en una reunión de pastoral a la que yo había preferido no acudir ese día porque no me encontraba bien. “¿Ya?”. Me imaginé perfectamente el rostro de angustia y preocupación que debió de poner en aquel momento.

Estaba de parto.

Mientras esperaba a que llegara mi marido y mis suegros (que iban a quedarse con los niños), yo contemplaba los coches que seguían parados en la calzada. Todavía había cortes de tráfico y yo debía atravesar todas esas calles si quería llegar a tiempo al hospital. Un quinto parto (quizá debería decir sexto, ya que los mellizos salieron de uno en uno) no es para tomárselo con calma. Empecé a impacientarme, mientras procuraba aliviar el dolor de las contracciones con mi respiración. “¿Y si no puedo pasar?”. Me puse a crear escenarios ficticios en mi mente. Me imaginaba asomándome por la ventanilla del coche apelando a gritos a la solidaridad femenina: “Mujeres del mundo, ¡que estoy de parto! ¡Dejadme pasar, por favor!”. 

Afortunadamente, no fue necesario montar el espectáculo. Para cuando pudimos salir de casa, ya estaba todo despejado.

Fue el primer parto que viví (o quizá debería decir sufrí) sin anestesia epidural. Ahorraré al lector los detalles. Pero sí diré que sentir con toda su crudeza cómo mi hijo atravesaba lentamente el canal de parto, se giraba dentro de mí y salía solo sin que yo tuviera que dar un solo empujón me pareció la experiencia más impactante, maravillosa y físicamente desgarradora de mi vida. Mi amiga Begoña suele decir que el parto nos vuelve poderosas. Y es que la fuerza de la vida irrumpe de tal modo a través de nuestro cuerpo que es difícil permanecer impasible ante esta realidad: el privilegio de poder gestar y parir una nueva vida humana.

El doloroso trabajo que supone traer un niño al mundo es el preludio del misterio de la cruz. Es la manifestación palpable, puramente carnal, de que el amor (el que hay en el origen y también en el fruto) consiste en entregar la propia vida por el otro. Una entrega descarnada que, enseguida, se torna gloriosa. Mi madre siempre me ha dicho que no hay ningún dolor tan gozoso y gratificante como el del parto. Ningún otro tiene como resultado la grandeza de una vida humana, y además este desaparece definitivamente en el momento en el que tu hijo abandona el interior de tu cuerpo para siempre.

Este don esencialmente femenino que es dar a luz un hijo no tiene, sin embargo, en la mujer su único origen. El parto remite a un amor primero y esponsal que requiere indefectiblemente de otra persona de sexo masculino. El nacimiento es el desenlace de la unión de dos, hombre y mujer, que en su don total y recíproco reciben a su vez el don del hijo. Fabrice Hadjadj se refiere al parto incluso como un “éxtasis”. Es la continuación irreductible del éxtasis que se originó con la unión de esos dos cuerpos sexualmente diferentes nueve meses antes:

“Separadas las piernas, la mujer

gime, se convulsiona.

Pero el hombre no está sobre ella ahora.

Se mantiene a su lado,

y le estrecha la mano.

Nunca el abrazo los llevó tan cerca

como esa distancia abierta por su fruto.

Nunca el placer se abrió a tanta alegría

como este dolor que ahora circula entre ellos dos.

¡Oh!, pequeña muerte verdadera

para una resurrección cierta.

Éxtasis tan extremo,

que otro nace de él.” (*)

“Uniendo sus carnes, -añadirá Hadjadj después- forman una sola carne, distinta de ellos mismos”. Ese abrazo que comenzó en la unión esponsal de los cuerpos de los cónyuges se abre ahora a un reencuentro fuera de ellos mismos en la persona del hijo. Ese hijo que se convierte así en el amor de los esposos encarnado.

Lo hermoso es que ese amor en totalidad de los esposos no solo es origen del hijo que se gesta en las entrañas de la madre, sino que también es causa de la acogida del hijo con el que no media vínculo de sangre. Sobre este tema (del que quisiera hablar otro día despacio), deja una nota preciosa el propio Hadjadj que no quisiera dejar de compartir: “La unión de sus diferencias sexuales (las de los padres adoptivos) no es el origen de esa otra carne, sino que dicho origen sigue estando en aquello que la ama y la acoge, la rodea y la nutre, que en este caso suple una naturaleza maltratada. Los rasgos del pequeño quizá no sean parecidos, sus expresiones siempre lo serán, y se reconocerán en ellas las afecciones de un padre y una madre que se fusionan en él de verdad”.

Nota al pie: Aunque mi pequeño nació pasadas las 12 de la madrugada y, por tanto, ya en pleno 9 de marzo; la foto del gorro con pompón morado que le pusieron al nacer atestigua la fecha en la que se desencadenó mi trabajo de parto.

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(*) Fabrice Hadjadj, La profundidad de los sexos (Editorial Nuevo Inicio)


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10 comments

  1. Auah Isis… increíble…
    Me dejas con una buena tarea de reflexión personal, jejejeje…
    Pero, sin dudarlo, me quedo con el último párrafo… esa delicadeza tuya de pensar en todas… porque sí… ellas, también son madres, con todas las letras, y es difícil encontrar tanta sensibilidad junta…
    Una vez más, ¡gracias por tus letras!

    1. La acogida de todo hijo parte desde una experiencia profunda de comunión. Es la fecundidad del amor que en cada matrimonio tiene un camino original y precioso. ¡Muchas gracias!

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