La abstinencia sexual, un gran preliminar

Me he preguntado muchas veces si se puede vivir la vida sexual con una pasión permanente. Pero, sobre todo, lo que me suelo preguntar es si realmente la finalidad del amor es buscar o tener en todo momento a nuestro alcance el disfrute carnal como muchas veces se nos quiere inculcar. ¿Existe algo que nos colme siempre de apetencia, pasión y orgasmos? A pesar de que el placer físico es importante ¿de verdad centrarnos exclusivamente en él es tan beneficioso para la pareja?

Hace no mucho descubrí, ¡bendito descubrimiento!, que los preliminares son importantes y necesarios, y que no se debe prescindir de ellos para que la mujer, con su peculiar curva de excitación, pueda disfrutar igual que el hombre, aunque de manera diferente. Y es posible que no me creáis si os digo que la abstinencia sexual también es uno de ellos.

A pesar de lo que se pueda pensar, la abstinencia, tan antigua como la vida misma, ajena a cualquier creencia, independiente del tipo de actividad sexual de cada cual, puede ser, en muchas ocasiones, el mejor preliminar. En su defensa y porque todos nos merecemos descubrirla, me lanzo a hablar de ella, enfocándola a la vida matrimonial, aunque bien le puede servir a quien no se encuentre en ese estado.

La abstinencia sexual en sí misma significa evitar tener una relación. Esto no tendría mucho sentido o razón, sería una práctica absurda, si no nos sirviera para querer más a nuestra pareja y a nosotros mismos. Porque lo que realmente se esconde detrás de ella, lo que le da su verdadero sentido, es la virtud de la castidad, que no es más que la “capacidad de dominar, controlar y orientar los impulsos de carácter sexual”*. La castidad es una virtud (qué pena que cada vez se hable menos de las virtudes, especialmente de ésta), ya que requiere esfuerzo por adueñarse de los impulsos y la excitación, y esforzarse en el autocontrol de la voluntad, los sentimientos y las emociones. Castidad no es sinónimo de abstinencia eterna (hay quien está convencido de ello), todo lo contrario, porque muchas veces esa castidad nos llama precisamente al disfrute de la relación sexual como debe ser. Castidad no es negación sino donación en cualquier sentido, y la abstinencia un medio que nos ayuda en situaciones concretas para materializarla. Pienso que si no se entiende así no tiene sentido alguno, sería como hacer por hacer en modo robot. 

La abstinencia sexual en días concretos sólo se entiende y acepta si para nosotros el coito es un acto de amor total, único y más completo entre el hombre y la mujer. Una forma de compartirlo todo, sin reservas ni egoísmos. Y todo, es todo.

Pasar por la abstinencia sexual es una decisión interior que debe ser provocada por uno mismo, ya que difícilmente sale sola y sin esfuerzo, y, claro está, debe ser compartida con la pareja. Podemos comparar su ejercicio con mil situaciones de la vida diaria, ¿a quién no le supone esfuerzo levantarse por las mañanas para ir a trabajar? ¿o hacer una dieta infernal que niega esas comidas tan apetitosas? ¿o esos exámenes o trabajos que nos llevan horas y horas de estudio constante? Si mantenemos empeño en educarnos a nosotros, y después a nuestros hijos, en la paciencia, en aprender a esperar, a conseguir las cosas con esfuerzo, ¿cómo no vamos a esforzarnos en vivir esa espera cuando lo veamos necesario? Nosotros hemos descubierto que no pasa nada (malo) por posponer una relación sexual, aunque nos indiquen lo contrario. Como muchas otras virtudes, cuesta y necesita ser ejercitada, practicada. 

Por ejemplo, si hemos discernido libremente y en conciencia que por ahora no queremos tener hijos, no tener relaciones en fase fértil (sólo unos días al mes) es el camino lógico y natural de controlar la fecundidad. Y posponemos la relación sexual para un poco más adelante (y seguro con más ganas e ilusión), cuando en fase infértil sea imposible el embarazo. Porque estamos convencidos de que ese camino nos hace querernos más y mejor. O, una situación muy real, si uno de los dos se encuentra cansado, quizá ese día abandonamos el coito pensando en el otro, por mucho que a uno le apetezca. Cada uno en su situación sabe.

La mentalidad anticonceptiva que corre por nuestras venas nos dificulta entender que está todo muy bien pensado: los ciclos de la mujer, las fases fértiles e infértiles y las distintas apetencias sexuales. La fertilidad no es un campo estanco, no es una prótesis de quita y pon. Es parte de nosotros mismos, y por esa razón las relaciones sexuales, a veces, traen como consecuencia la procreación. Si usamos la contracepción (condón, píldora, diafragma, …) o las medias tintas, porque sólo miramos la parte placentera que a cada uno le toca, nos estamos quedando cortos. Es como bailar sin música, cantar sin voz, escuchar sin oídos. Si nos queremos, nos queremos con todo. Y si creemos necesitar esa unión, la abstinencia, en muchas ocasiones, es el camino perfecto para afianzarla.

La abstinencia sexual nos enseña a repartir afecto y cariño sin necesidad de cama; a contarnos mirándonos a los ojos, que, si nos queremos, nos queremos del todo, con la fertilidad también; a entender que somos diferentes y que necesitamos vivir esas diferencias. Creedme si os digo que la abstinencia, antes que hacer daño, nos enseña a dejar paso a un placer afectivo y espiritual que crea lazos mayores y que sólo lo alcanzan aquellos que se deciden por ella.

Pero la abstinencia rehúye las obligaciones impuestas y necesita ser entendida y bien vivida. Exige que ambas partes estén de acuerdo, porque si no es posible que se acabe convirtiendo, más que en ayuda, en lastre. Porque todas las parejas necesitamos hablar de sexo, y también de otras formas de amor. Demostrarnos cariño cuando decidimos (juntos) posponer el coito, sobre todo para no enfriar el abrazo posterior. Como en las fiestas, los preparativos son la mejor parte. Hablar de nosotros, de los proyectos juntos, de cómo nos sentimos, de nuestras debilidades e ilusiones. De todo lo que somos.

Os cuento un bonito ejemplo de una chica que vivió junto a su marido la abstinencia sexual un periodo largo de tiempo y quiso compartirlo conmigo, y yo con vosotros: “De cara al mundo la abstinencia puede resultar una gran frustración, en la que parece que el hombre especialmente se va a subir por las paredes (aunque la mujer también). Sin embargo, resultaron ser momentos increíbles en nuestro matrimonio. Fue como un volver a ser novios, pero conociéndonos ya. Nos sentimos libres y profundamente queridos y eso no lo cambiamos por nada del mundo”. En este caso la abstinencia sexual fue prolongada (no tiene porqué serlo siempre), y aun así les mereció la pena, a pesar de resultar ser una cuesta arriba en múltiples momentos.

Sea el tiempo que sea, hasta que no se vive la abstinencia en conciencia, con decisión y convicción, no nos damos cuenta de que ésta nos hace más ingeniosos en el amor, mantiene nuestra pasión y una vida sexual plena en la que nos olvidamos del yo para mirar al . La abstinencia sexual, en muchísimas ocasiones se convierte en el preludio de algo mejor. Es un gran regalo, un gran preparativo, un estupendo preliminar para vivir la gran fiesta del amor.

 

*Teología del Cuerpo, San Juan Pablo II

Mis ovarios son nuestros. Y mis cesáreas, también.

Un día de bajón Dios puso en mi camino a una bella persona. Ésta me dijo: “Mira a tu alrededor y dime qué te falta”. Solo necesité tres segundos para decir: “¡¿Nada?!”. No hay más que ver lo que tenemos para olvidarnos de lo que carecemos. Y como es de bien nacidos ser agradecidos, desde entonces, trato de dar gracias (aunque a veces se me olvida) por las innumerables cosas que tengo y, por qué no, por las que faltan. Todos tenemos historias únicas e irrepetibles, increíbles y maravillosas. Y esta vez, perdonad que hable de mí, os voy a contar una parte de la nuestra, una experiencia personal y familiar que nos ha marcado. Mi marido y yo tenemos cinco hijos. Cinco preciosas y sanas criaturas que nos dan la vida (algunas veces nos la quitan). Y, para escándalo de muchos, todos ellos han nacido por cesárea.

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Lo que creemos que no les importa a los hombres

Hombres y mujeres somos diferentes, tanto que se cumple aquello de que los polos opuestos se atraen. Puede parecer que nuestras contrarias fisiologías nos separan o desunen, cuando lo cierto es que son ocasiones perfectas para crear interés y acercamiento mutuo. Las mujeres a veces creemos que nuestras cosas no les importan a los hombres (por la razón que sea), especialmente cuando son “nuestros” hombres. Hablo, por ejemplo, del famoso estado “tengo la regla”. No creamos que al hombre eso le produce rechazo o  indiferencia, porque lo más seguro es que únicamente sienta un inicial desconcierto, y una consecuente disposición y atracción ante lo desconocido. Aunque es posible, dadas nuestras diferencias psicológicas, que no lo expresen o muestren como nosotras esperamos o nos gustaría. 

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Tres básicos para una vida sexual plena

¿Cuánto tiempo dedicas a preparar la maleta para un viaje largo? No puedes ir con prisa. Un viaje así no se prepara las dos horas antes de partir, porque se te pueden olvidar infinidad de cosas. Y depende a dónde vayas, si algo se te olvida, quizá puedas comprarlo allí… o no.

Para ir a Zimbabwe te informaste bien de qué vacunas ponerte, qué tipo de enfermedades podrías coger, y todo tipo de información útil para el viajero.

¿Y si ahora fueras a hacer el viaje más importante de tu vida? ¿Y si te digo que ese viaje es tu relación de pareja? ¿Cómo te prepararías? Me sigue sorprendiendo que, a día de hoy, con tantas indicaciones, estudios y consejos, no sepamos a veces prepararnos para esta gran odisea.

A pesar de que cada uno tenga su forma de preparar el equipaje, hay tres cosas que no se te pueden olvidar en esta aventura, tres básicos para vivir plenamente la sexualidad con tu marido o tu mujer: el desodorante, el cargador del móvil y una guía de viaje. 

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A vueltas con el orgasmo femenino

a vueltas con el orgasmo femenino

Me voy a meter en un jardín… Y no sé si sabré salir.

Hace unas semanas vi un anuncio de Durex en la televisión que decía así: “Dos de cada tres mujeres no siempre llegan al orgasmo en sus relaciones. Esto tiene que cambiar”. Y para resolver el problema, la marca proponía comprar su nuevo gel revolucionario. Nada, chica, que usas ese gel prodigioso y problema resuelto: tienes los orgasmos de tu vida. Evidentemente, cada empresa tiene que vender su producto, pero me quedé pensando en el fondo del mensaje: Si dos de cada tres mujeres (¡dos de cada tres!) tiene que usar un gel o cualquier otro artilugio sexual para llegar al orgasmo es como decir que algo no funciona del todo bien en la mujer y por eso tiene que acudir a soluciones externas, ¿no es así?

En esta misma línea, una encuesta realizada por Bijoux Indiscrets, una empresa que se dedica a comercializar productos y juguetes eróticos, revela que el 52,1 por ciento de las mujeres ha fingido orgasmos alguna vez, que el 43,2 por ciento lo hace para dar por finalizada la relación sexual, y que un 22,5 por ciento de las mujeres no logra el orgasmo durante el sexo nunca o casi nunca. Inquietantes estadísticas. Sobre todo hoy en día en que parece que todo el mundo tiene una vida sexual de lo más satisfactoria.

¿Va a resultar entonces que las mujeres estamos mal hechas? ¿De verdad ese es el problema?

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Esas preguntas inoportunas sobre sexo

Las preguntas sobre sexo nunca llegan en el mejor momento. Normalmente, estás en la cola del supermercado o en el coche con los hermanos pequeños, cuando tu hijo te grita desde atrás un “¡mamáaaaa!, ¿qué es f…?”.

El otro día mi hijo de ocho años cogió un papel del suelo. Ponía algo así: “Nueva en el barrio. Masajes desde 20 euros. Llámame al…”. Y de fondo, una mujer semi desnuda en una postura sugerente.

-Mamá, ¿qué es esto?

-Deja eso, ¡no se cogen las cosas del suelo! –corrí a responder.

-Pero, mamá, ¿que qué es esto? -me contestó muy serio.

-¡Que nada! ¿No te he dicho mil veces que no se cogen las cosas del suelo? –entré en bucle.

Ya iba yo a arrebatarle el papelito de las manos, cuando mi marido se acercó con una tranquilidad pasmosa. “Deja, ya me ocupo yo”. Y pensé: “Perfecto, ¡todo tuyo!”. Me adelanté en el paseo con el resto de la camada y los dejé a los dos solos charlando. “A ver, hijo, ¿qué pone en ese papel?”, oí que decía mi marido, mientras yo me alejaba con los pequeños. Y ya no alcancé a escuchar nada más.

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