Lo que creemos que no les importa a los hombres

Hombres y mujeres somos diferentes, tanto que se cumple aquello de que los polos opuestos se atraen. Puede parecer que nuestras contrarias fisiologías nos separan o desunen, cuando lo cierto es que son ocasiones perfectas para crear interés y acercamiento mutuo. Las mujeres a veces creemos que nuestras cosas no les importan a los hombres (por la razón que sea), especialmente cuando son “nuestros” hombres. Hablo, por ejemplo, del famoso estado “tengo la regla”. No creamos que al hombre eso le produce rechazo o  indiferencia, porque lo más seguro es que únicamente sienta un inicial desconcierto, y una consecuente disposición y atracción ante lo desconocido. Aunque es posible, dadas nuestras diferencias psicológicas, que no lo expresen o muestren como nosotras esperamos o nos gustaría. 

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Tres básicos para una vida sexual plena

¿Cuánto tiempo dedicas a preparar la maleta para un viaje largo? No puedes ir con prisa. Un viaje así no se prepara las dos horas antes de partir, porque se te pueden olvidar infinidad de cosas. Y depende a dónde vayas, si algo se te olvida, quizá puedas comprarlo allí… o no.

Para ir a Zimbabwe te informaste bien de qué vacunas ponerte, qué tipo de enfermedades podrías coger, y todo tipo de información útil para el viajero.

¿Y si ahora fueras a hacer el viaje más importante de tu vida? ¿Y si te digo que ese viaje es tu relación de pareja? ¿Cómo te prepararías? Me sigue sorprendiendo que, a día de hoy, con tantas indicaciones, estudios y consejos, no sepamos a veces prepararnos para esta gran odisea.

A pesar de que cada uno tenga su forma de preparar el equipaje, hay tres cosas que no se te pueden olvidar en esta aventura, tres básicos para vivir plenamente la sexualidad con tu marido o tu mujer: el desodorante, el cargador del móvil y una guía de viaje. 

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A vueltas con el orgasmo femenino

a vueltas con el orgasmo femenino

Me voy a meter en un jardín… Y no sé si sabré salir.

Hace unas semanas vi un anuncio de Durex en la televisión que decía así: “Dos de cada tres mujeres no siempre llegan al orgasmo en sus relaciones. Esto tiene que cambiar”. Y para resolver el problema, la marca proponía comprar su nuevo gel revolucionario. Nada, chica, que usas ese gel prodigioso y problema resuelto: tienes los orgasmos de tu vida. Evidentemente, cada empresa tiene que vender su producto, pero me quedé pensando en el fondo del mensaje: Si dos de cada tres mujeres (¡dos de cada tres!) tiene que usar un gel o cualquier otro artilugio sexual para llegar al orgasmo es como decir que algo no funciona del todo bien en la mujer y por eso tiene que acudir a soluciones externas, ¿no es así?

En esta misma línea, una encuesta realizada por Bijoux Indiscrets, una empresa que se dedica a comercializar productos y juguetes eróticos, revela que el 52,1 por ciento de las mujeres ha fingido orgasmos alguna vez, que el 43,2 por ciento lo hace para dar por finalizada la relación sexual, y que un 22,5 por ciento de las mujeres no logra el orgasmo durante el sexo nunca o casi nunca. Inquietantes estadísticas. Sobre todo hoy en día en que parece que todo el mundo tiene una vida sexual de lo más satisfactoria.

¿Va a resultar entonces que las mujeres estamos mal hechas? ¿De verdad ese es el problema?

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Esas preguntas inoportunas sobre sexo

Las preguntas sobre sexo nunca llegan en el mejor momento. Normalmente, estás en la cola del supermercado o en el coche con los hermanos pequeños, cuando tu hijo te grita desde atrás un “¡mamáaaaa!, ¿qué es f…?”.

El otro día mi hijo de ocho años cogió un papel del suelo. Ponía algo así: “Nueva en el barrio. Masajes desde 20 euros. Llámame al…”. Y de fondo, una mujer semi desnuda en una postura sugerente.

-Mamá, ¿qué es esto?

-Deja eso, ¡no se cogen las cosas del suelo! –corrí a responder.

-Pero, mamá, ¿que qué es esto? -me contestó muy serio.

-¡Que nada! ¿No te he dicho mil veces que no se cogen las cosas del suelo? –entré en bucle.

Ya iba yo a arrebatarle el papelito de las manos, cuando mi marido se acercó con una tranquilidad pasmosa. “Deja, ya me ocupo yo”. Y pensé: “Perfecto, ¡todo tuyo!”. Me adelanté en el paseo con el resto de la camada y los dejé a los dos solos charlando. “A ver, hijo, ¿qué pone en ese papel?”, oí que decía mi marido, mientras yo me alejaba con los pequeños. Y ya no alcancé a escuchar nada más.

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