El trabajo que solo la mujer realiza

El Día Internacional de la Mujer del año pasado me pilló trabajando. Pero no era la mía una labor cualquiera. Se trataba de un trabajo desgarrador, doloroso, cuasi salvaje, que da miedo comenzar, pero que, al final, siempre resulta esplendoroso. Un trabajo esencialmente femenino. Es más, aquel que solo una mujer puede realizar.

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Mis ovarios son nuestros. Y mis cesáreas, también.

Un día de bajón Dios puso en mi camino a una bella persona. Ésta me dijo: “Mira a tu alrededor y dime qué te falta”. Solo necesité tres segundos para decir: “¡¿Nada?!”. No hay más que ver lo que tenemos para olvidarnos de lo que carecemos. Y como es de bien nacidos ser agradecidos, desde entonces, trato de dar gracias (aunque a veces se me olvida) por las innumerables cosas que tengo y, por qué no, por las que faltan. Todos tenemos historias únicas e irrepetibles, increíbles y maravillosas. Y esta vez, perdonad que hable de mí, os voy a contar una parte de la nuestra, una experiencia personal y familiar que nos ha marcado. Mi marido y yo tenemos cinco hijos. Cinco preciosas y sanas criaturas que nos dan la vida (algunas veces nos la quitan). Y, para escándalo de muchos, todos ellos han nacido por cesárea.

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