Los regalos escondidos en la vida de los padres

Los regalos escondidos en la vida de los padres

Es un regalo envuelto a veces con un papel un poco feo. No vamos a negarlo: no siempre es atractivo a primera vista. A veces viene en forma de trona-sucísima-por-cuarta-vez-hoy. Otra vez en forma de niño que se te agarra a la pierna mientras cocinas porque quiere cotillear qué haces, o simplemente está cansado. Otra en forma de zapato que se ha desatado por sexta vez en el paseo de la tarde. Otra en forma de “¿Sacamos las ranas saltarinas del bote y hacemos una última competición?” justo antes de tenerlo que llevar a lavarse los dientes, rezar y dormir. Sacrificio tras sacrificio. Una y otra vez.

Las ocasiones son muchas. El regalo difícilmente se entrevé.

Y sin embargo, está.

Hagamos forward hacia el futuro y hablemos con tu yo de dentro de… 30 años.

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Cinco minutos más de cuento

Martes por la noche, antes de ir a dormir. Estaba contándole un cuento a mi hija de tres años. Llegamos a unas páginas repletas de hadas, y mi pequeña, inocente ella, me preguntó: “Mamá, ¿cómo se llama esta hada?”. “Rosa”, contesté yo. “¿Y esta, mamá?”, continuó. “Violeta”. “¿Y esta otra?”… Suspiré. Sabía que no iba a terminar de preguntar hasta llegar a la última de las veinte hadas que aparecían en aquella doble página infinita. Era tarde, era hora de irse a dormir; de hecho, ya deberíamos estar rezando. Yo estaba agotada, no veía el momento de tenerlos a todos acostados y descansar un rato en el sofá. Aunque, en realidad, todavía quedaba por recoger la cocina, doblar la ropa, dar la última toma a los bebés que se empezaban a inquietar… “¡Mamáaaaaaa! ¿que cómo se llama esta hada?”.

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CASI 50 COSAS SOBRE MÍ

Cada vez que me pongo delante de una cámara me digo a mí misma: “Mamá, quiero ser artista”. No sé si es afán de protagonismo o que me vengo arriba con la luz, el foco… De niña siempre pecaba un poco de ser el centro de atención y con razón me decía mi madre: “Lo poco agrada y lo mucho enfada”. Por eso, con el deseo de agradaros y no enfadaros, ahí va mi presentación de la mejor forma que sé: hablando. Encantada de conocerte, a ti, que estás al otro lado. 

Brand new

Parece que el primer artículo que una escribe en un nuevo lugar tiene que ser siempre una declaración de intenciones de algo. Una entrada triunfal. Una articulación de los principios que abarcarán su obra.

Pues no soy capaz de afrontar un reto de esta envergadura. Así que pongamos por caso que este artículo es, por ejemplo, el décimo. Que ya sabéis de mi pasión por la cocina, o por los libros, o por el mundo de la maternidad y el del matrimonio. Que ya os he hablado de mi interés por la productividad y la planificación. ¿Vale? Dejemos atrás ese primer encuentro incómodo en el que todos intentamos dar la talla, parecer interesantes, parecer interesados, ser simpáticos. Olvidemos todo esto y hagamos como que ya, al menos un poco, nos conocemos.

Hoy quiero hablaros de algo que aún no había contado (ciertamente…).

Sucedió hace poco más de dos años. Un domingo de principios de febrero me levanté y tuve una sensación extraña. No sabría decir bien qué sensación. Pero era algo diferente, una intuición. Tarde poco menos de un minuto en buscar en el armario un test (qué le voy a hacer, los tengo en el armario, sí) y probar. Llamé a mi marido que estaba aún en la cama y descubrimos juntos el resultado.

Dos rayas.

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