El milagro de Jorge Ribera

Jorge Ribera con la Virgen peregrina de Torreciudad

Caldo de cultivo de nuestra estridente insignificancia, las redes sociales son, por lo general, eco y espejo de nuestras miserias. Pero hay veces en que lo son también de nuestras pequeñas grandezas. Jorge Ribera ha sido maestro de lo segundo.

A Jorge lo conocí de casualidad -o quizá no- navegando por las procelosas aguas de Twitter, donde recalé un día en un perfil, @suitedelresort, suficientemente potente como para hacer que me detuviera, entre admirada y conmovida. Desde su cuenta “Aislado en mi suite”, Jorge se definía: “Smile Soldier. Aquí voy relatando lo que me va pasando en mi aislada estancia, día a día, en la Suite del grandísimo Hospital-Resort La Fe de Valencia”. Desde allí, tirando de humor y redaños, Jorge iba contando y poniéndonos en danza. Cada vez que los embates de la leucemia le dejaban, entre punción lumbar y aspirado de médula, Jorge, que ante todo era hombre de fe, nos invitaba a rezar (él decía “mandar refuerzos”, “duplicar la artillería” o “presionar al Jefe”) no solo por él, sino por infinitos casos de compañeros de hospital, amigos o conocidos sufrientes que en aquel momento necesitaban de apoyo. Siguiendo la estela del inmenso Pablo Ráez, pedía también donaciones de médula; pero Jorge hacía, además, la lectura trascendente.

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Una persona puede cambiar tu vida para siempre

chiara corbella

Conocí la historia de Chiara Corbella en el 2014, gracias a mi amiga Sofía (un hurra por ti, ¡eternamente agradecida!) y desde entonces me acompaña siempre en el corazón porque nada ha sido igual. Han pasado ya cuatro años y sigo pensando lo mismo. O incluso más aún: que puede cambiar tu vida y también, quién sabe, ojalá tu (mi) muerte.

A grandes rasgos, ésta es la historia: Se casó con 25 años y un año después dio a luz a su primera hija, que nació con anencefalia y sobrevivió cuarenta minutos tras el parto. “El momento en el que he visto a mi hija ha sido un momento que no olvidaré jamás. Han sido unos minutos inolvidables. El día de su nacimiento podré recordarlo como uno de los días más bellos de mi vida”, dijo Chiara al respecto. Como dice el libro, se habían preparado para lo peor, no para tanta belleza. Un año después, Chiara da a luz a Davide Giovanni, de nuevo con una enfermedad incompatible con la vida pero absolutamente diferente a la primera, y que de nuevo vive otros cuarenta minutos. Chiara decía: “No entiendo, pero lo acojo. Si Dios crea la vida para la eternidad, ¿cómo le voy a decir que no?”. Sabían que Dios no les había decepcionado la primera vez, y se fiaron la segunda. Y de nuevo, vuelven a dar testimonio de que están contentos y agradecidos a Dios por la belleza de todo lo que han vivido. Meses después, Chiara se queda de nuevo embarazada. Esta vez todo procede normalmente, Francesco es un bebé sano que va adelante sin problemas. Sin embargo, en el quinto mes de gestación a Chiara le detectan un tumor en la lengua que poco a poco se va extendiendo a los demás órganos. Decide posponer el tratamiento hasta poder dar a luz sin riesgos para su hijo. Cuando llega el momento, el cáncer está ya muy avanzado y un año después muere.

Como decía, ésta es la historia, los hechos. Pero hay mucho más.

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El cáncer y la cebolla

Cuando aparece el cáncer de mama

Me llamo Laura, tengo 38 años, y estoy casada desde hace casi siete con José Antonio Méndez, periodista y serio aspirante a la santidad (aunque él, como todo presanto que se precie, se escandalizará cuando lea esto último). Soy profesora de Matemáticas en un instituto público, y para terminar esta presentación, añadiré que no soy supersticiosa, a pesar de que fue, precisamente, un martes 13 de marzo de 2012 cuando me diagnosticaron un cáncer de mama de grado 3. El pronóstico fue bastante regular, porque el tumor había estado creciendo durante los casi seis meses que transcurrieron desde el nacimiento de nuestro primer hijo, Mateo. Una negligencia de esas que a veces se escuchan… pero vivida en primera persona. Me noté un bulto muy grande, pero cuando fui a la cura de los puntos tras el parto, la ginecóloga sentenció que se trataba de un bulto de leche al que no había que darle mayor importancia… sin ni siquiera palparlo. Seis meses después, cuando volví algo preocupada porque aquello no desaparecía, la película era otra muy distinta. Y, desgraciadamente, los protagonistas éramos nosotros.

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