Mi casa tendría que ser más grande

“Mi casa tendría que ser más grande”, me digo una y otra vez mientras buceo por enésima vez en Idealista para encontrar el hogar de mis sueños… Si así fuera -me repito y me convenzo- la vida familiar sería más fácil y mucho más relajada. Sin duda, sería más feliz. En una casa más grande no tendría que hacer tetris con las tronas de los bebés cada vez que quiero abrir el lavavajillas e incluso cabría una persona de pie en el cuarto de los chicos cuando las literas abatibles están abiertas. Dicen que el roce hace el cariño, pero tengo comprobado que intentar cocinar mientras esquivo de puntillas a los bebés que gatean por el suelo o mientras pido a propios y extraños que se aparten otra vez para abrir el cajón de las ollas hace de todo menos sacar el cariño que llevo dentro.

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Compañeras de colegio: tinta indeleble

compañeras de colegio

Mantengo desde hace tiempo un grupo de whatsapp (antes la relación fue por email, y mucho antes, a través de números de teléfono guardados en viejas agendas) con mis compañeras de colegio. Todas ellas mujeres –colegio de chicas y uniforme: no conservo ningún trauma por ello, veo tantas ventajas e inconvenientes en la educación mixta como en la diferenciada– y todas ellas muy queridas. Tal y como somos. Tal como éramos. Y me siento muy afortunada por sentirlo así en estos tiempos en los que el bullying y la violencia en las aulas copan más titulares de los que debieran. Creo que la relación que se forja entre compañeros de colegio no es una relación cualquiera, ni una amistad al uso. La convivencia diaria durante años -los más importantes de la vida, sin duda- imprime carácter, hace familia, marca para siempre con tinta indeleble.

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La herencia que nos dejaron

Ilustración de María Olguín Mesina para el artículo "La herencia que nos dejaron". Isis Barajas. Revista Misión
Ilustración de María Olguín Mesina

Sus manos cuadradas, chatas y mullidas me transportan a otro tiempo. A aquellos años de infancia en los que, sentada en las rodillas de mi padre, disfrutaba cogiéndole la mano. Era tan gordita, suave y, sobre todo, blandita, que me entretenía apretándola con las mías, tan pequeñas y huesudas. Mi padre reía divertido; le parecía graciosa esa predilección mía por su manos grandes y fuertes, a la vez que suaves y achuchables. En los días previos a su muerte, junto a la cama de la UCI de un gran hospital, me despedí de él mientras volvía a acariciar esas manos, ya menos rellenas pero igualmente blanditas que todavía hoy recuerdo con todos sus detalles.

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Primeriza pringada

¡Hay que ver lo que en un año puede cambiarte la vida! Si, como yo, eres una recién estrenada mamá, no te pierdas este vídeo. No te va a servir para nada más que para echarte unas risas… Sí, porque quien se ríe de sí mismo, ¡tiene risas para rato!

Sensory board estilo Montessori: ¿Te animas a construir uno?

Niña con Sensory Board estilo Maria Montessori para jugar y aprender

Hoy os quiero mostrar un pequeño “invento” que hemos construido este fin de semana en muy poco rato y que está procurando no pocas horas de diversión a nuestra hija pequeña. Se llama Sensory Board y está inspirado en la filosofía educativa de María Montessori. Esto es, que los niños hagan y descubran con sus propias manos, respetando sus tiempos. Y cuanto más conectado con la vida real, mejor. Implicándoles en actividades que tengan que ver con la vida del adulto.

¡He aquí cómo lo construimos!

Primero compramos una tabla en el rincón de los “descartes” de Leroy Merlin, y después diversas cosas manuales que podíamos atornillar/pegar a la misma: timbres, cerrojos, manillas, luces… The sky is the limit! Para esta segunda parte te invito a que busques en Google la palabra “Sensory Board” y encontrarás miles de ideas y opciones. También pensé en añadirle unos adhesivos para hacerlo todo más bonito e infantil.

Una vez comprado todo, basta simplemente un taladro y celo biadhesivo, ¡y manos a la obra!

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Madre

-¿De dónde venía yo cuando me encontraste? -preguntó el niño a su madre. Ella, llorando y riendo, le respondió apretándolo contra su pecho:

-Estabas escondido en mi corazón, como un anhelo, amor mío: estabas en las muñecas de los juegos de mi infancia, y cuando, cada mañana, formaba yo la imagen de mi Dios con barro, a ti te hacía y te deshacía;

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El bicho, los abuelos y la tribu

El bicho, los abuelos y la tribu

Me van a perdonar, pero hoy vengo a hablarles del bicho. No, no me refiero a Cristiano Ronaldo –no hagamos sangre y dejémoslo para otro día– sino del parásito (un vulgar estreptococo con pintas en el lomo) que me ha tenido literalmente tumbada en cama durante todo el puente. A mí y a mis hijos, que aún seguirían con 39 de fiebre si la pediatra no hubiera decidido repetirles el streptotest que hace una semana había dado negativo. Una semana tirando de Dalsy porque ellos –por supuesto– solo tenían catarro de vías altas, que es lo que tienen todos los niños que van a la guardería mientras no se demuestre lo contrario. Así que ese era el panorama: ellos con su fiebrón y su Dalsy, yo inflándome a penicilina, y su entregado padre limitándose a sobrevivir. Hoy, por fin, tras una semana inenarrable, la pediatra ha decidido sacar los tanques y darles el antibiótico: al parecer el estreptococo no solo ya era de la familia sino que se había comprado una batamanta y se había abonado a Netflix. Esperemos que no tarde mucho en marcharse.

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Menos corresponsabilidad y más entrega

De un tiempo a esta parte escucho mucho hablar de “corresponsabilidad en el hogar” en el sentido de “reparto equitativo de tareas” entre hombre y mujer. A priori puede parecer una reclamación noble y necesaria, pero a mí me parece francamente insuficiente.

No niego que puede ser práctico repartir tareas por logística familiar, pero no comparto en absoluto que la razón de fondo deba ser una cuestión de igualdad entre los sexos. Para mí no hay otro motivo que sostenga la gestión del hogar que el amor al otro y la entrega mutua. Sí, sé que puedo parecer un poco exagerada, pero es que no somos una empresa. Y si el amor conyugal está en el corazón de la vida familiar, también lo está en las tareas domésticas.

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¿Procrastinas? ¿Ein?

¿Te compraste la revista de moda, que trae de regalo la agenda, con el pensamiento “este año, gracias a esta agendita tan cuqui, me lo voy a organizar bien”? ¿Te haces mil listas que terminas perdiendo antes que cumpliendo? Hablamos de procrastinación. Sí, un palabro que lleva mil años en el diccionario pero que algún listo ha decidido sacar del armario. Procrasti ¿qué? Este mes he escuchado esta palabra tres veces. Va a ser que al diccionario también han llegado las tendencias e influencers…

Dale la vuelta a las gafas

Cambia de gafas para cambiar tu relacion de pareja

Es muy recurrente esa frase de Gandhi que dice “Sé la persona que quieres ver en el mundo”. También hay una variante que habla del “cambio” y no de la “persona”. No sé bien cuál de las dos es la correcta. Como sea. En realidad no es importante la frase, sino que viene a colación del tema que nos ocupa hoy, y que llevo muchísimo tiempo meditando (y tratando de poner en práctica en la medida de lo posible en mi propia esfera personal), y que es una vuelta más de tuerca a la célebre cita. Podríamos decir, “Sé la persona que quieres ver en tu casa”, y más especialmente, dentro de la relación de pareja, “Se la persona que él querría tener a su lado”. Sé una persona al lado de la cual él quiera estar.

Quizá esto suene un poco a mujer sumisa y sacrificada, una visión de la que huimos como si fuera la peste. Pero creedme, nada más lejos de la realidad. Detrás de esto se esconde un gran secreto para una vida de matrimonio feliz y plena.

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