Nana de la madre insomne

 

Me quejo porque me despiertas, hijo. Porque llegas en mitad de la noche y me buscas la cara, me la acaricias, me pides agua y te acurrucas en algún hueco entre tu padre, los cojines y yo. Porque ya son cuatro años y cada vez estás más grande, y más largo, y ya deberías dormir del tirón y yo cada vez tengo menos sitio para poner las piernas, y así me paso la noche, desvelada, encogida, oyéndote respirar pegado a mi mejilla.

Me quejo porque has tenido una pesadilla y lloras y no te duermes o porque te duermes -tus felices quince kilos sobre mi regazo- y no me dejas dormir. Porque me gastas el nombre y me agotas la paciencia, porque quisiera poder contestar “dime” las infinitas veces que me llamas y decirte que me chiflan tus dibujos aunque sean las once de la noche y ya no me queden ojos para mirarte, voz para responderte ni ánimo para reírte. Por eso me quejo.   

Me quejo porque me levanto dolorida y cansada, porque amaneciste atravesado o porque pesa más el sueño que tu cuerpo. Porque dices que tu hermano, que tiene síndrome de Down (“él es el más grande, pero yo soy el mayor”, explicas con tu lengua de trapo y tu corazón sabio) se ha vuelto a hacer pis esta noche. Y me quejo porque él no se queja y tú sí. Y porque a la mañana siguiente la vida sigue, y tú te vas tan fresco al colegio y a mí me pesan tu pesadilla, tu agua, tu llanto, tu cuerpo y mi pereza. Y me arrastro por las horas como un condenado, tirando de riñón.

Pero esta noche, hijo, esta noche oí aullar al lobo y vi la sombra a los pies de mi cama. Y vi el ojo tuerto como de fuego y oí aquellas voces y algo me hizo sentir el vacío de la ausencia, el hueco en el vientre, el llanto más amargo, la nada echándome el aliento. Una garra me atenazó la garganta, me lanzó al fondo del pozo y ya no podía salir, y el agua era densa y oscura, y no había luz al final del túnel. Y cuando al fin abrí los ojos en la tiniebla, ni la angustia ni el terror se diluían y ni siquiera la oración desgranada lentamente me devolvía la paz.

Entonces, hijo, llegaste tú. Te subiste a mi cama, me buscaste la cara para acariciarla, me pediste agua, te acurrucaste entre algún hueco entre tu padre, los cojines y yo, porque ya son cuatro años y cada vez estás más grande, y más largo, y ya deberías dormir del tirón y yo cada vez tengo menos sitio para poner las piernas. Y esta vez, hijo, fui yo la que se agarró a ti como a un salvavidas. Celebrándote como tú me celebras, te rodeé con mis brazos, hundí la cara en tu pijama, y tu cuerpecillo caliente y el olor de tu pelo me acunaron. Y así me pasé las horas, agradeciéndole a Dios el milagro de oírte respirar, cada noche, pegado a mi mejilla. 

 

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