Mi casa tendría que ser más grande

“Mi casa tendría que ser más grande”, me digo una y otra vez mientras buceo por enésima vez en Idealista para encontrar el hogar de mis sueños… Si así fuera -me repito y me convenzo- la vida familiar sería más fácil y mucho más relajada. Sin duda, sería más feliz. En una casa más grande no tendría que hacer tetris con las tronas de los bebés cada vez que quiero abrir el lavavajillas e incluso cabría una persona de pie en el cuarto de los chicos cuando las literas abatibles están abiertas. Dicen que el roce hace el cariño, pero tengo comprobado que intentar cocinar mientras esquivo de puntillas a los bebés que gatean por el suelo o mientras pido a propios y extraños que se aparten otra vez para abrir el cajón de las ollas hace de todo menos sacar el cariño que llevo dentro.

Vuelvo a mi búsqueda en Idealista y empiezo a meter parámetros: una cocina grande (fun-da-men-tal), espacios abiertos y amplios, garaje, el jardincito para que corran los niños sin tener que oír cada mínima discusión que tienen entre ellos, no muy lejos del colegio, bien comunicada… Me dura la búsqueda el tiempo que tardo en poner un precio máximo (con cifras gordas y sin pensarlo mucho) y que no me salga ninguna opción. Vale. Comprendo la indirecta y dejo el tema para otro momento.

Son muchas las veces en las que nos encontramos proyectando nuestra vida hacia un futurible inexistente, como si en él estuviera el secreto de nuestra felicidad. Una felicidad que empezaré a degustar cuando viva en esa casa grande, cuando pase esto o lo otro, cuando mi hijo sea así o de esta otra forma, cuando se acabe ese problema que me trae de cabeza, cuando cambie de trabajo, cuando me concedan el aumento de sueldo… Una felicidad aplazada, siempre para mañana.

Probablemente todos tengamos un proyecto de familia (o de vida) como inoculado en la cabeza y que, en ocasiones, se alimenta por la vida de otras personas que vemos, seguimos o incluso cotilleamos en las redes sociales. Antes veíamos a los famosos en el matinal de la tele y nos moríamos de envidia, pero ahora vemos a personas normales como nosotros con vidas aparentemente estupendas en Instagram y no podemos evitar compararnos. Lógicamente nadie publica lo feo o lo desagradable, pero, aunque esto lo sepamos de sobra, hay veces que no podemos evitar mirarnos en la vida de los otros: si yo tuviera una casa como esa, si yo pudiera viajar a esos sitios, si hiciera planes molones como ese, si me sentara tan bien la ropa, si mis hijos fueran tan maravillosamente conjuntados, si, si, si…

Andaba yo un día sumergida en ese “modo queja” en el que a veces entro como en un bucle cuando un sacerdote habló en Misa sobre el proyecto de familia que san José tendría antes de toparse con el embarazo de María. Fuera como fuese, desde luego, nada tendría que ver con ser el padre adoptivo del hijo de un tal Espíritu Santo. La familia de José no se ajustaba a su proyecto porque, en realidad, era un proyecto de Dios.

Si pienso que mi familia es un proyecto de Dios todo se reordena. Si el proyecto es Suyo, Él mismo se encargará de sacarlo adelante y de hacerme feliz en él. No sin mí, sin mi marido o mis hijos, pero qué mejor valedor que Dios mismo para que este proyecto, que es suyo, llegue a buen puerto. De hecho, Dios mismo eligió nacer en un establo y es en el establo de mi familia (y de mi mini piso), con sus desórdenes y desastres cotidianos, donde elige también hoy nacer y vivir ese Dios hecho bebé. Así es como me vuelvo a mi familia con una mirada distinta llena de admiración por la belleza que encierra cada vida que me rodea, relativizo las estrecheces e incomodidades propias de mi establo, y empiezo a disfrutar más de lo que es, y a pensar menos en lo que tendría que ser. Porque lo que es hoy mi familia y todas las circunstancias que la rodean es mucho más y mejor de lo que sería si el proyecto fuera simplemente mío. De modo que pienso: “¿Por qué no empiezo a ser feliz hoy, en vez de dejarlo para un mañana incierto y, de momento, inexistente?”.

Y si la casa grande tiene que llegar, sin duda, llegará algún día. 

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9 comments

  1. Podemos vivir con muy poco. A veces nos cargamos con una serie de cosas que al fin y al cabo acaban siendo superfluas. Lo importante es lo importante

  2. Así es…vivir el Hoy… mañana será otro día con sus propios males…confiar en que Dios es nuestra fortaleza ayuda mucho…creo q nos pasa a todos creándonos falsas espectativas de un mañana quizá mejor…este artículo me recuerda a una frase q leí una vez: “la vida es la que dejamos pasar intentando vivirla de otra manera”…un abrazo y gracias por el artículo…que me ubica y me ha ayudado muchísimo…

  3. ¡Qué bueno leerte! Llegué hace poco a este blog gracias a un artículo tuyo compartido en Facebook y me quedé, y cada vez que os leo me encuentro más a gusto aquí. Qué gusto oír hablar con naturalidad y sencillez de Dios, de la familia, de la realidad cotidiana de todas nosotras, y qué gusto tanto sentido común y humor como destiláis en este blog. ¡Se os agradece! Os mando un abrazo fuerte.

    PD: por supuesto, Él cumplirá todos los anhelos que Él mismo ha puesto en nosotros. ¡Cuánto tenemos que aprender a dejarnos hacer!

    1. ¡Sí! ¡Quédate! Muchas gracias, Marta. Es una alegría tenerte por aquí y aprovecho para felicitarte por el proyecto tan bonito que tienes. He estado ojeando tu web… ¡saludos!

  4. Muchas gracias por compartir; justamente estoy enfrentando una posible mudanza y estaba un poco confundida sin saber que decicion tomar ;ahora ya se qué hacer. Todo está en las manos de nuestro Padre Dios .

    1. ¿En serio? Cuánto me alegro, Claudia. ¡Muchas gracias! Y si finalmente te mudas… ¡feliz cambio de casa! Seguro que es para bien. Un saludo

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