“Lo vas a hacer bien”

La maternidad y la dulce espera. Foto de Ana Carro

Así me recibía un cartel publicitario de una conocida marca de pañales en la consulta de la matrona que llevó mi primer embarazo. Cada vez que pasaba por allí, mientras ella me revisaba y se quedaba ojiplatica perdida al ver mi incremento de peso, yo disimulaba y contemplaba aquella foto tan súper pinterest pensando: “Si lo dicen estos señores no pueden equivocarse, que de bebés y madres saben muchísimo”. 

La experiencia me ha demostrado que tenían razón. Lo estoy haciendo bien. Al menos lo mejor que puedo. Y creo que se podría considerar que tanto yo como todas las madres lo hacemos, como norma general, bien.

Pero también la experiencia me ha demostrado que a aquella afirmación rotunda le faltaba un asterisco y la siguiente frase en letra pequeña: “Es cierto, lo vas a hacer bien. Pero es muy posible que en ningún momento estés absolutamente segura de esto. Así que mucho ánimo”.

Creo yo (y esto no es una verdad absoluta sino una opinión tan subjetiva como la de que la Nutella es mejor que la Nocilla) que cada madre es un mundo. Todas somos distintas, nosotras y nuestras circunstancias que diría Ortega y Gasset. Y tenemos maneras de vivir la maternidad que pueden parecerse entre ellas lo que un huevo a una castaña pilonga.

Así que tras nueve meses sorprendiendo a mi matrona con mis kilitos de más y memorizando frases absolutas y verdades universales, cuando por fin di a luz mi experiencia fue un poco diferente a lo que yo pensaba.

Porque en contra de todo lo que me habían anunciado, mi hija no era “una parte de mí”. Era otra persona, independiente, diferente, única e irrepetible. Y para colmo se parecía a su padre. A pesar de que yo pensaba que ya la conocía por haberla llevado dentro tanto tiempo, en realidad era la primera vez que la veía. Y me di cuenta de que el proceso de “conocernos” acababa de empezar. Aunque llevaba siendo madre nueve meses, otra fase de sentirme como tal, diferente y más intensa, estaba comenzando. Pero no había sido una especie de epifanía milagrosa e instantánea acontecida en el paritorio. Los publicistas se equivocaban. Al menos conmigo, porque como ya he dicho antes, todas somos distintas. Sé que hay mujeres que han vivido esa fase de otra manera. Pero la mía fue así.

Hijos jugueteando en la cama. Foto de Ana Carro

A pesar de todo no tardamos mucho en cogerle el tranquillo a la muchacha. Y además tuvimos suerte y nos salió muy buena. Menos mal, porque mi vasta experiencia cuidando niños ajenos y todo lo que sabía al respecto quedó reducida a un montón de ideas sin sentido cuando la que estaba entre mis brazos era mi heredera. Ya no se trataba sólo de seguir fielmente las instrucciones recibidas. Ahora no había manual, ni teorías absolutas, ni verdades universales. Había que decidir y actuar. Y las inseguridades y los miedos se convirtieron en una constante en nuestra vida. ¿Por qué llora? ¿Por qué tose? ¿Por qué tiene mocos? ¿Por qué está tan seria? ¿Estará enfadada? ¿Le hemos hecho algo? ¿Con mes y medio puede ser ya una pre-adolescente? Y sobre todo. ¿Por qué parece que todo el mundo sabe lo que le pasa a mi hija menos yo? ¿Soy la única que no adivina siempre lo que hay que hacer? Tenía la impresión de que los demás resolvían perfectamente mientras yo nadaba en un inmenso mar de dudas.

El tiempo me ha dado la perspectiva suficiente para poder reírme recordando la tarde en la que mi marido y yo estuvimos más de una hora contemplando a nuestra hija, tumbadita sobre la cama, con un pañal al lado que nos parecía que olía “súper raro”. Según Google (porque cometimos el error de poner en el buscador algo así como “olor pañal acetona bebe”) era muy posible que la niña padeciese un raro síndrome con nefastas expectativas. Aquella noche no dormí, pensando que tenía que haber conservado “la prueba” para llevársela al pediatra al día siguiente. Al final la enrevesada solución consistió en cambiar de marca de pañales, porque el extraño olor lo tenían hasta cuando estaban limpios.

Un año después del nacimiento de la primogénita llegó el segundo, y la cosa fue un poco más sencilla. Supongo que la experiencia sí convalida, y lo cierto es que “madre” ya me sentía tras doce meses de ejercicio. Pero el proceso de “conocernos” empezó desde cero otra vez. Porque este niño lloraba por cosas diferentes, tenía mocos por causas diferentes y se ponía serio por razones diferentes. Dormía menos pero comía mejor. Cada uno tuvo lo suyo.

Y con el tercero, a desaprender lo aprendido y vuelta a empezar. Todo era nuevo. Otra vez.

Incluso la cuarta, que es un clon absoluto de su hermana mayor en prácticamente todo, tiene su propia personalidad que la diferencia. Sin haber cumplido aún tres meses.

¡Estás embarazada otra vez! (cara de sorpresa, modo matrona mientras me pesa) Bueno, con tantos eres una experta, tú ya lo sabes todo!” . Si me hubieran dado un euro cada vez que alguien me dijo esta frase, ahora mismo sería la Koplovitch asturiana. Pero yo, en vez de sacar la hucha, regalaba siempre una sonrisa y la misma respuesta: que no, que cada uno es diferente y siempre se empieza desde cero.

Esta es una de las cosas que más me ha sorprendido desde que soy madre. Cada hijo es absolutamente único, especial e irrepetible. Los cuatro han nacido de los mismo padres, viven en la misma casa, y además han llegado en un lapso de tiempo relativamente breve, y todos son distintos. Por eso muchas veces lo avanzado con uno no sirve para el siguiente.

Con todos he experimentado los nervios, las dudas y el no saber de una primeriza. Con todos he pensado que no sabía qué hacer, he decidido lo que me parecía mejor y he acertado o me he equivocado un millón de veces. Y con todos he aprendido a cuidarlos y a quererlos como son.

Ser madre es maravilloso. Y difícil. Y satisfactorio. Y muy ingrato. Y un regalo del Cielo. Y un poco estresante. Y una bendición . Y como dice una buena amiga mía “Ay Anina, qué sueño se pasa….”. Y todo esto, además, aderezado con un millón de hormonas danzarinas, ideas previas inútiles y muchos consejos que a veces ayudan y otras (muchas) no aportan nada interesante.

Lo importante es que, pese a todo y sin estar nunca segura, sé que lo estoy haciendo bien. O eso espero…

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