Discapacidad en tiempos del bullying

Discapacidad

Con esto de la vuelta al cole tenía pensado escribir sobre algo muy distinto. Como dice mi amiga, compañera de blog y pedazo de mujer, Isis Barajas, rumiaba un artículo más cultureta, que por lo visto es lo mío. Pero he leído algo esta tarde que me ha tocado el corazoncito, y por aquí voy a tirar. Se trata de un artículo sobre cómo los niños con discapacidad son, habitualmente, rechazados en los juegos de recreo. No me voy a rasgar las públicas vestiduras. Antes de ser madre de un niño con síndrome de Down, he sido niña, y también adolescente. Y reconozco que, por lo general, la discapacidad, a ciertas edades, produce una mezcla entre rechazo, desagrado, compasión y miedo, producto del más absoluto desconocimiento. Una ignorancia tóxica, dañina, segregadora y en ocasiones hasta cruel. Niños que hablan mal, que andan mal, que no corren, que babean, que no saben o no pueden jugar son sistemáticamente ignorados en el patio o en el parque, o en clase (con probables, loables y lamentablemente escasas excepciones).

A ciertas edades, que te manchen de baba te da asco, que te tiren del pelo o del vestido te enfurece, y que te hablen o te miren de forma extraña te hace salir corriendo. Insisto: el natural producto de la ignorancia. Lo he podido comprobar yo misma, el otro día, en el parque, y no precisamente con mi hijo, sino con una nena de unos cuatro años con algún síndrome que desconozco, gafas de aumento y audífonos. La abuela de la nena le había traído su pala, su cubito y su rastrillo, y allí estaba ella, rodeada de niños que jugaban a lo mismo, pero infinitamente sola. Nadie se dirigía a ella, ninguno de los críos la miraba o la invitaba a participar en sus juegos. Percibían la discapacidad, y la ignoraban. De forma cruelmente natural. No pretendo echarme flores, pero, dado que desde que nació mi Francisco con su cromosoma extra tengo –obvio– la sensibilidad más desarrollada hacia la discapacidad, llamé a mis dos hijos, y los senté en la arena al lado de la nena, con sus juguetes. Le pregunté a su abuela si ella nos oía, y me dijo que sí. La llamé por su nombre, me miró muy seria y, sin mediar una sonrisa, cogió la pala de mi hijo Mario y la hizo suya. Supongo que era su forma de llamarle amigo. Le dije a Mario que se la prestara, y él, solícito, le cedió también su cubo. A Francisco creo que ni lo miró. Los tres jugaron inmersos en el mismo silencio que ella, pero con ella. Para mí fue un triunfo. Sentí que la abuela respiraba con alivio. Se sentó a mi lado e inició una vibrante conversación sobre lo dañinos que son los gigantescos nidos de las cotorras, asunto que yo desconocía por completo.

Y los niños jugaron.

Contada la anécdota, voy al meollo de la cuestión.

Madres y padres que me leéis, y que no tenéis hijos con discapacidad: no tengáis miedo, ni lo transmitáis. No pongáis burradas en los grupos de whatsapp del colegio ni colaboréis en la burla, ni les digáis a vuestros cachorros que se aparten de sus compañeros discapacitados. Explicádselo: que se acerquen sin prejuicios, a veces con paciencia, y tendrán un amigo para siempre. Que es cuestión de sonreírles en el patio, en el recreo, en el parque. Que les den la mano al jugar al corro, aunque el colega juegue sentado en el suelo o en una silla de ruedas porque no puede andar. Que se la den en cualquier juego, que se la den en misa al dar la paz. Que le deis la paz vosotros y que vuestros hijos os vean. Que se sienten a su lado. Que los inviten a los cumpleaños, que son discapacitados, pero no de piedra. Explicadles que babean, los pobretes, porque tienen la musculatura hecha un cromo, blandita como la plastilina, también la de la cara y la lengua (que es otro músculo), y así no hay quien sostenga la saliva. Que hacen grandes esfuerzos, tremendos y valiosos esfuerzos, por hacer lo mismo que los demás. Que les cuesta mucho, y que por eso también andan mal, y corren peor. Explicadles que a lo mejor no miran ni participan porque son autistas, pero quizá si se sientan un día, un rato, a su lado en silencio a jugar, ellos lo perciban y lo agradezcan a su manera. Explicadles que les tiran del pelo o del vestido porque su discapacidad les impide controlar bien los impulsos, y que reaccionan con un exceso de emoción, que identificamos como agresivo, cuando en realidad no lo es. Explicádselo. Que solo una sonrisa o un chócala les alegra la mirada, y el día, y la vida entera. Y sobre todo,  queridos padres y profesores, por favor, explicádselo con el ejemplo, que es la mejor, cuando no la única manera, de que vuestros hijos descubran que su compañero discapacitado es, probablemente, el tipo más valioso de la clase, porque les puede enseñar a sacar lo mejor de sí mismos.

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13 comments

  1. Muchas gracias por el artículo.
    Como tu has dicho es pura ignorancia,pues no saben que estas personas que te dan más que lo que tus les das.tienen una inteligencia emocional fuera de lo normal y te hacen sentir lo elemental de la vida:el amor.Digo que es pura ignorancia por eso está muy bien todo esto que has dicho,para que nos concienciemos,de lo que nos pueden enseñar,sin ellos proponérselo.
    Haced la prueba cuando veáis a un niño.ESPECIAL.
    La abuela de un niño muyyy especial.MATEO

  2. Es esencial que nuestro comportamiento como padres y educadores sea de normalidad. Enseñar a nuestros hijos que otros pueden ser distintos pero no peores. Sobretodo enseñarles respeto. Yo lo intento cada día.
    Luego, los niños, como personas individuales que son, tienen su propia forma de reaccionar ante otros niños. Mi hijo pequeño tuvo en su clase a una niña autista(que ahora no está por que sus padres decidieron llevarla a un colegio especializado). Sin explicarle nada el entendió que era distinta y que necesitaba su espacio. Su profesora me llegó a decir que aunque con tres años no entendía por completo en que consistía el autismo si entendió que su compañera necesitaba mucho cariño. Decidió querer y proteger a su amiga. Y que cada vez que ella conseguía hacer algo bien, él se alegraba más que si lo hubiese hecho él mismo. A mi, al salir de clase y contarme su día me hablaba de como jugaba con éste o con aquel niño pero a la primera que mencionaba era a su amiga.

  3. Mi hermana llegó al mundo con un cromosoma extra también. Muchos han sido los disgustos en el colegio tanto con profesores como con compañeros…muchas veces parece inevitable. Comparto tu artículo para que ojalá haga efecto. Mi hermana es ahora una mujer prácticamente independiente y, aunque el estigma aún está ahí, se esfuerza por salir adelante, encontrar un trabajo y ser una más. Gracias.

    1. Está claro que hay mucho camino por andar. Por eso, Alicia, cuanto más conozca la gente esta realidad, mejor. Gracias por contarnos la historia de tu hermana, dale un abrazo y dile que es admirable!

  4. Que bueno tu artículo y cuanta razón te asiste al definir como ignorancia la actitud de tantos ante un ser discapacitado. Conozco y trato con alguno de ellos, y no pueden ser más cariñosos, más humanos y más sensibles a cualquier atención que tengas con ellos. No serán capaces,quizas, de coordinar sus movimientos como otra persona sin discapacidad, pero su mente funciona a las mil maravillas y sobre todo son personas sin envidias, ni odios, ni rencores. Solo necesitan atención y cariño, pero ellos el cariño lo dan a raudales.

  5. Leerte me ha recordado a mi madre que siempre ha tenido una debilidad especial por los niños “especiales”
    Recuerdo que mi madre siempre llevaba chupa chups en el bolso y hojas y lápices también. En misa entretenía a los niños ajenos y les cogía en brazos y les hacia reír, y especialmente sí esos niños eran Down o iban en silla de ruedas o llevaban un parche en el ojo.
    Esa cercanía que siempre demostró nos la contagio de manera natural y aunque no tengo a mi alrededor ningún niño así cuando vamos por la calle y vemos a uno siempre me paro a saludarle y mis hijos también!
    Admiro muchísimo a madres como tú y abuelas como la niña del parque. Y en parte os envidio porque la empatía, la sensibilidad y la belleza las tenéis el doble de trabajadas y eso hace que veáis cosas que el resto no seamos capaces de percibir.
    Gracias por recordarnos lo importante. Y gracias por recordarme a mi madre que me enseñó con el ejemplo.

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