Dejar de trabajar… por amor

Dejar de trabajar por amor. Fotografía Virginia Silvestre

Paula decidió dejar de trabajar cuando se casó. Esta determinación, que tomó junto a su marido, no ha estado exenta de críticas y opiniones no pedidas. Hoy en día renunciar a una carrera brillante para dedicarse a la familia no parece una opción, pero esta decisión es todavía más controvertida cuando no se tienen hijos. En este artículo, Paula nos cuenta en primera persona qué les llevó a tomar este camino y cómo su disponibilidad no solo ha sido una bendición para su propio matrimonio sino también para todas las personas que tienen cerca.


Me siento bendecida. Mientras escribo miro una foto del día de nuestra boda, saliendo de la iglesia. De fondo, nuestras familias y amigos, y los globos que tanta ilusión le hacían a mi ya marido (globos biodegradables, que no sufra nadie). Él mira al cielo con expresión de alegría y yo hacia abajo, misma expresión, agarrada a su mano. El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres (salmo 125). La travesía por el desierto de ambos había sido larga. Años de soledad y discernimiento hasta que nos conocimos.

“El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres”, repetimos en la celebración de nuestro matrimonio. En realidad, ese salmo lo canta maravillosamente una amiga desde el ambón y así es: la boca se nos llena de risas y la lengua de cantares, como a aquellos desterrados que regresan a su patria y comprueban que el Señor es fiel a sus promesas. El día tan ansiado ha llegado. Qué prisa y qué ganas tenía yo por comenzar esta nueva etapa juntos, por cumplir a mi vez esa promesa de fidelidad, de amor y respeto todos los días de mi vida. Y he querido cumplirla quedándome en casa, sin trabajar. 

Dejar de trabajar por amor; la decisión de Paula Martínez tras su boda.
Fotografía de la boda de Paula, rodeados ambos de globos

Un año antes de conocer a mi marido, yo acababa de regresar a mi ciudad de origen, después de mucho tiempo. “Renunciaba” a una “brillante” carrera profesional en Madrid, como más de uno me dijo. Fue una decisión que me costó tomar dos años. Algo empujaba mi corazón y lo tuve claro llegado el momento. “Qué poca ambición profesional tienes”, apostilló una compañera.

Era consciente de que no volvería a encontrar un trabajo como el que dejaba, donde estaba a gusto y era valorada y reconocida. No sabía que lo que iba a encontrar era infinitamente mejor. Una vez ya asentada en mi ciudad, volví a trabajar una temporada y, unos meses antes de nuestro compromiso, dejé de hacerlo (dichosos contratos por obra y servicio). Aunque me dolió ser despedida, el estar sin empleo me dio la oportunidad de pasar más tiempo con mi novio, conocernos mejor y, finalmente, una vez prometidos, preparar nuestra boda.

Comienza nuestra vida de casados y tenemos claro que no trabajaré. No es algo inamovible pero privilegiamos (ya que podíamos hacerlo) quedarme en casa y disfrutar el uno del otro. No busco otra expresión porque es la que me sale, nos sale, cuando hablamos o nos preguntan por ello. Disfrutar de querernos, de nuestra convivencia, agradecidos por el regalo de poder hacerlo, agradecidos por el inmenso don de este amor. Quedarse en casa no parece una opción hoy en día y a nosotros no nos han faltado críticas, opiniones no pedidas y comentarios poco afortunados. Esta decisión de no trabajar y dedicarme a mi familia (mi esposo es mi familia) resulta aún más extraña cuando no tienes hijos. 

Trabajar solo en “la casa” es, sobre todo y para mí, poder pasar más tiempo con mi marido, cuidar(le), estar disponible, celebrar lo cotidiano. Ese “estar disponible” no le incluye únicamente a él, carne de mi carne, incluye a los que nos rodean, por ello mi disponibilidad es también contestar a una llamada de teléfono, es hacer una visita al hospital o acompañar a alguien al médico, llevarle en coche, recoger a unos niños, responder correos o mensajes del móvil, asistir a un familiar enfermo o sacar algún rato más para rezar… cuántas peticiones y necesidades me han llegado en estos últimos meses…

Esta elección nace de la entrega y donación que hicimos el día de nuestra boda y que como consecuencia se extiende a los que nos rodean e intenta así dar fruto. Son gestos y pequeñas acciones para con él y para con otros, pero, eso sí, con mi matrimonio al centro y Dios en medio. Ser conscientes de este camino ha sido un aprendizaje y reconozco en mi esposo al mejor maestro. No digo que la mujer que trabaje y/o sea madre no haga todo esto, estoy segura, y afirmo, que más y mejor que yo. La vocación al matrimonio es bellísima y de ella surgen otras vocaciones maravillosas, como la que vivo yo en estos momentos.

Fotografía principal de Virginia Silvestre

Fotografía de la boda de la propia autora, Paula Martínez

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2 comments

  1. Querida Paula: Gracias por tu testimonio. Te comprendo y entiendo que te sientas bendecida. Es maravilloso leer sobre el matrimonio tal y como lo has descrito.
    Yo también creo que, en mi caso, fue providencial ser funcionaria interina y no aprobar nunca las oposiciones. Por eso hoy puedo dedicarle a mi familia (en mi caso, sí tengo hijos pero, como bien dices, tu marido es tu familia) más tiempo. Y a ir a misa, a pasear con mi madre, a llevar a los niños al médico…
    El Señor ha estado grande, sí.
    Feliz Navidad

  2. Me ha encantado esta opción y felicito. Yo corregiría por ‘trabajar fuera de casa’, que las mujeres en casa trabajamos así. Y por qué no también somos un motor económico. Y eso que nos dicen a las mujeres que hay que cubrir con la misma boina tres cabezas, nay nay, es un engaño.
    Un abrazo, Paula.

    Feliz Navidad

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