Dale la vuelta a las gafas

Cambia de gafas para cambiar tu relacion de pareja

Es muy recurrente esa frase de Gandhi que dice “Sé la persona que quieres ver en el mundo”. También hay una variante que habla del “cambio” y no de la “persona”. No sé bien cuál de las dos es la correcta. Como sea. En realidad no es importante la frase, sino que viene a colación del tema que nos ocupa hoy, y que llevo muchísimo tiempo meditando (y tratando de poner en práctica en la medida de lo posible en mi propia esfera personal), y que es una vuelta más de tuerca a la célebre cita. Podríamos decir, “Sé la persona que quieres ver en tu casa”, y más especialmente, dentro de la relación de pareja, “Se la persona que él querría tener a su lado”. Sé una persona al lado de la cual él quiera estar.

Quizá esto suene un poco a mujer sumisa y sacrificada, una visión de la que huimos como si fuera la peste. Pero creedme, nada más lejos de la realidad. Detrás de esto se esconde un gran secreto para una vida de matrimonio feliz y plena.

Tiempo atrás, muchas de mis críticas interiores (y a veces no tan interiores) a mi marido giraban en torno a que no tenía en cuenta las cosas que yo quería más, o que más me importaban. Que no tenía la delicadeza de facilitarme mis pasiones, o de acompañarme para realizarlas. Que no veía los cestos de la ropa sucia llenos o el baño por limpiar. Que no veía que ese día necesitaba un abrazo más. Que no [añadid aquí lo que queráis], que no, que no…

Quejas, críticas, murmuración. Juicios.

Y un día, tiempo atrás, me di cuenta de que había mirado todo con las gafas equivocadas. O más bien, que estaba usando las gafas al revés. ¿Y si en vez de exigir que él tuviera en cuenta lo que más me importa, le daba la vuelta a las gafas y lo tenía en cuenta yo? ¿Y si en vez de esperar a que me facilitara momentos y tuviera detalles, era yo la que los facilitaba? ¿Y si en vez de esperar, daba yo antes? ¿Y si en vez de exigir, observaba y me adelantaba a sus deseos?

Y empecé a actuar así: facilité sus escapadas al gimnasio. Y sus partidos de tenis. Acepté ALGUNAS (no hay que exagerar tampoco…) de sus propuestas organizativas para la casa. Hice la vista gorda con los errores de la compra. Aprecié más sus recetas. Intenté entender más su opinión y ALGUNAS veces incluso la acepté. Tuve en cuenta sus sugerencias para mí. Le ayudé con algunas tareas pesadas en casa. Me levanté antes algunos domingos y preparé tortitas de plátano (la receta, en breve en este blog) para desayunar. Sonreí y fui más positiva. Inventé planes sorpresa, como a él le gusta. Verbalmente le dije que le quería más veces, que estaba más guapo (básicamente todas las veces que se me pasaba por la cabeza y no solo algunas de ellas) y aprecié sus trabajos de casa.

Y así un largo etcétera de pequeños detalles. Nada fue fingido. Simplemente decidí enfocar la relación de otra manera. Decidí concentrarme en lo bueno que hacía en vez de en lo que fallaba o en lo que faltaba.

Buscar la parte buena y hacer la vista gorda con lo que nos pone de los nervios es un ejercicio que se expande y se hace más fácil (¡os lo garantizo!) cuanto más se practica.

De repente descubrí aún más cosas buenas: descubrí un marido cariñoso, preocupado por mi salud, entregado a los hijos, amante de la cocina para la familia, que ponía la lavadora sin pedírselo, que me animaba a ir a cenar con mis amigas y se quedaba él en casa, que me daba abrazos y besos sin ninguna excusa… Descubrí que era afortunadísima.

Obviamente no todo es un camino de rosas y no puedo decir que no discutimos, que no hay incomprensiones o que no hay días en que me pongo de los nervios viendo lo que hace/no hace. Por supuesto que no. Pero sí he notado un cambio tan significativo que no puedo menos que contárselo al mundo. Cuando tú intentas poner en práctica el “sé una persona al lado de la cual él quiera estar”, la frase se amplía y dice “…y él será una persona al lado de la cuál tú querrás estar”.

¡Y sólo había que darle la vuelta a las gafas!

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