CONTRA LA PERFECCIÓN

La perfección no reside en la condición física. La belleza es un don que nada tiene que ver con lo material.

Hace unos días nos desayunábamos con la noticia de que Islandia se ha convertido en el primer país en erradicar el Síndrome de Down. No es que hayan encontrado el modo de “silenciar” el célebre cromosoma extra ni que hayan hecho barra libre de té verde entre la comunidad downie. Ha sido mucho más simple: el 100% de los fetos diagnosticados con síndrome de Down son abortados. En Islandia, en los últimos cinco años, no ha habido un solo nacimiento de bebés con Síndrome de Down. (En España nos queda poco para alcanzar la cifra, pero últimamente andamos más ocupados en no mutilar los rabos de los perros).

Hay un librito, Contra la perfección, una pequeña joya que me dejó un día una buena amiga, escrito por el profesor Michael Sandel, catedrático de filosofía política de la Universidad de Harvard, donde nos recuerda que vivimos en un mundo que busca a toda costa la “mejora de la especie”,  que rediseña la naturaleza a golpe de biotecnología y que abraza el transhumanismo, la corriente que afirma el deber moral de perfeccionar las capacidades físicas y cognitivas de la especie humana, de eliminar el sufrimiento, la enfermedad, el envejecimiento y hasta la condición mortal. Buscamos erradicar los defectos, ampliar las capacidades intelectuales, borrar de la memoria los hechos traumáticos, vivir en un mundo donde la esperanza de vida rondará los 500, incluso los 1000 años. La imperfección, dicen, engendra infelicidad y el mundo, en definitiva, busca fabricar al hombre perfecto. Pero ¿quién decide qué es la perfección? ¿Dónde están los límites?

Reducir al ser humano a pura materia trae estos problemas, resueltos, me temo, a golpe de talonario. Se abre la veda a la discriminación más salvaje: los que tengan dinero tendrán acceso a su particular Cámbiame genómico, biotecnológico, físico, intelectual. Los pobres, débiles, vulnerables, serán automáticamente apartados, discriminados, negados, eliminados.

Me pregunto cuántos años tardará el hombre en darse cuenta de que la perfección no reside, ni residirá jamás, en la condición física. De que la belleza es un don que nada tiene que ver con lo material. De que la dignidad ni se compra ni se fabrica. Y dado que las cifras no son alentadoras, y aunque me temo lo peor, me pregunto si algún día, en lugar de erradicar a los portadores del Síndrome de Down y demás seres inoportunos con abortos, el mundo investigará el modo de silenciar el cromosoma extra. O incluso de celebrarlo. Porque mientras me lo pregunto, yo sí celebro el privilegio de poder despertarme cada mañana al lado de Francisco: el ser humano más maravilloso, más sabio y más gozosamente imperfecto con el que me he cruzado nunca. Un gran tipo que nació hace tres años con el pelo rubio, los ojos azules, una cardiopatía y el síndrome de Down, dispuesto a suministrar amor en vena y a enseñarme cuánto nos queda por aprender.

(A todos los imperfectos del mundo, hoy, 21 de marzo, Día Mundial del Síndrome de Down … ¡¡GRACIAS!!)


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