Compañeras de colegio: tinta indeleble

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Mantengo desde hace tiempo un grupo de whatsapp (antes la relación fue por email, y mucho antes, a través de números de teléfono guardados en viejas agendas) con mis compañeras de colegio. Todas ellas mujeres –colegio de chicas y uniforme: no conservo ningún trauma por ello, veo tantas ventajas e inconvenientes en la educación mixta como en la diferenciada– y todas ellas muy queridas. Tal y como somos. Tal como éramos. Y me siento muy afortunada por sentirlo así en estos tiempos en los que el bullying y la violencia en las aulas copan más titulares de los que debieran. Creo que la relación que se forja entre compañeros de colegio no es una relación cualquiera, ni una amistad al uso. La convivencia diaria durante años -los más importantes de la vida, sin duda- imprime carácter, hace familia, marca para siempre con tinta indeleble.

Es curioso, pero, aunque apenas nos veamos una o dos veces al año (no siempre todas, ni siempre las mismas, que está la vida muy complicada) parece que fue ayer cuando nos vimos, era primavera y teníamos quince años. O diez, cuando nos escondíamos en los armarios durante las clases para maullar desde dentro y volver loca a la profesora (cuánta paciencia tuvieron las nuestras…). O siete, cuando los cumpleaños eran una piñata con música de Parchís, un sándwich de nocilla y unas patatas mojadas en cocacola. O cinco, cuando al volver del recreo íbamos al baño y nos echábamos el bote de Nenuco entero por el pelo…

Ocurre lo mismo en las conversaciones habituales por whatsapp, donde no hace falta ni un hola, aunque haga meses que no nos vemos. Surge el problema, la duda, el acontecimiento, y una contesta como quien contesta a su hermana o a su madre, o a su amiga a la que acaba de dejar en el súper. Ahí estamos las de siempre. Porque, en el fondo, nos reconocemos: somos aquellas. Nuestra esencia, forjada durante años en nuestra intensa y (quiero pensar que) feliz compañía, conserva la luz de aquellos días. El tiempo pasa, pero nosotras –como todos, en realidad- somos nuestra infancia. Dicen que la memoria se fija en la niñez, que nos da identidad, y que lo primero que se aprende es lo último que se olvida. Todo lo que ha venido después no han sido más que circunstancias y coyunturas: estudios, viajes, novios, bodas, hijos, separaciones, enfermedades, batallas varias –algunas de ellas heroicas– alegrías, encuentros, despedidas, emociones. Anécdotas infinitas para seguir contándonos, por whatsapp o alrededor de un café, redescubriéndonos, con más arrugas y más mochila, con más o menos heridas de guerra, pero con la misma risa y el mismo brillo en la mirada que cuando ganábamos el concurso de decoración o el de villancicos y nos llevaban a patinar sobre hielo, cantando al amor a voz en grito en un autobús que estallaba en decibelios. A un amor que, por aquel entonces, solo existía en las películas, en las canciones o en el forro de una carpeta. (Confesad: ¿a quién llevabais vosotras?). Luego conocimos el mundo, pero lo cierto es que seguimos siendo crías en libertad provisional, cantando, cuando nos dejan, a voz en grito en el autobús de la vida.

No recuerdo ahora dónde leí estos versos del poeta alemán Michael Krüger: “A veces me escribe la infancia / una tarjeta postal: ¿Te acuerdas?”.

Ellas son mis postales, mi memoria viva del alma.

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