El “must-have” de la temporada

Se acercan los días del BlackFriday, del CyberMonday, de las tropecientasmilrebajas,… ¿sobreviviremos a este alud seductor? Con este ruido de fondo, quién no está ya en modo ¡me lo pido! La cabeza la tenemos como un bombo, no sabemos si lo que queremos lo necesitamos, nos morimos por ello o simplemente nos dejamos llevar. Yo la verdad, puestos a pedir, me gustaría que fueran cosas útiles.

En estas estaba cuando una mañana, de casualidad, vi un anuncio de ese aparato que está tan de moda, el must-have de la temporada en gran parte del sector femenino. Leí un poco y quedé sorprendida. ¿Un pingüino succionador del clítoris? Vaya, qué cosas. Suena grotesco. Pero vamos a ver de qué va esto que gusta a más del 80% de las mujeres que lo han probado. 

Seguí leyendo intrigada. Ah, vale, que no aspira nada (menos mal), simplemente es un juguete sexual más. Pero oye, éste es especial, es el último grito. Te asegura el orgasmo en menos de cinco minutos. Mejor, ¡en dos! Claro, que tiene 11 velocidades de succión… y ¡es sumergible! Espera que lo mejor es que encima no hace ruido. Parece que hay que darse prisa, en todas las tiendas se agota rápidamente, ¡Europa entera no da abasto con las ventas! Y una voz en mi interior me pincha, ¿cómo te vas a quedar sin él?, aprovecha estos estupendos descuentos, ¿vas a ser la única que no lo tenga? No seas pringada, si hay hasta quien se lo ha tatuado…

Es una máquina de hacer orgasmos, ¡multiorgasmos! Un animal que aguanta todo tipo de vendaval y que promete la mayor satisfacción a una mujer. ¿Quizá prefiera el pingüino a la lencería que tenía fichada?, ¿me lo pido? Total, si juguetes van a caer en casa, como un niño más, cómo me voy a quedar sin él.

Llegó la noche y mi mente estaba cual centrifugadora. Buscaba una sola razón para no tener ese animal. Porque, ¿qué mal hace si la única función que tiene es darte placer? Un placer silencioso, a la carta, que te lo llevas en el bolsillo y, donde sea, aquí te pillo aquí te mato… suena bastante tentador pensar que puedes acceder a algo tan inmediato sin siquiera tener que compartirlo con alguien, como el goloso que esconde sus chucherías.

No recuerdo qué soñé esa noche, quizá en tatuajes o en una travesía por el polo norte, vete tú a saber. El caso es que a la mañana siguiente una voz interior, firme y potente, me lo dijo claro: Prefiero los abrazos y los besos de mi marido a las ondas de presión de un sujeto imaginario. Citarme con mi amante a horas intempestivas donde el silencio es el de los vecinos durmiendo plácidamente. Seguir luchando por nuestra amistad y nuestro amor, esforzándonos mutuamente por gustarnos, pero no a base de golpes de placer de la mano de un pingüino (esto sí que suena grotesco). Quiero seguir sintiéndome tocada por el humano que quiero, es más, tocarnos mutuamente (lo otro, al final, sólo es un trozo aterciopelado que, además de no mirarte, te deja el corazón desengañado).

Es posible que muchas mujeres me juzguen estrecha o insatisfecha sexual. Pero la realidad es que no deseo falsas expectativas como decía Isis en “A vueltas con el orgasmo femenino”, ni quiero compartir mi cuerpo con ese aparato que me promete la felicidad a marchas forzadas. Una felicidad engañosa, solitaria y momentánea, controlada casposamente por una industria sexual que se está forrando a costa de la locura orgásmica. ¿Esto queremos dejar en herencia a nuestras hijas? A ellas les deseo el calor real de un hogar, no cualquier fantasía de corazón helado.

Decidido. Me quedo con la lencería.

Foto: Unsplash

Nana de la madre insomne

 

Me quejo porque me despiertas, hijo. Porque llegas en mitad de la noche y me buscas la cara, me la acaricias, me pides agua y te acurrucas en algún hueco entre tu padre, los cojines y yo. Porque ya son cuatro años y cada vez estás más grande, y más largo, y ya deberías dormir del tirón y yo cada vez tengo menos sitio para poner las piernas, y así me paso la noche, desvelada, encogida, oyéndote respirar pegado a mi mejilla.

Me quejo porque has tenido una pesadilla y lloras y no te duermes o porque te duermes -tus felices quince kilos sobre mi regazo- y no me dejas dormir. Porque me gastas el nombre y me agotas la paciencia, porque quisiera poder contestar “dime” las infinitas veces que me llamas y decirte que me chiflan tus dibujos aunque sean las once de la noche y ya no me queden ojos para mirarte, voz para responderte ni ánimo para reírte. Por eso me quejo.   

Me quejo porque me levanto dolorida y cansada, porque amaneciste atravesado o porque pesa más el sueño que tu cuerpo. Porque dices que tu hermano, que tiene síndrome de Down (“él es el más grande, pero yo soy el mayor”, explicas con tu lengua de trapo y tu corazón sabio) se ha vuelto a hacer pis esta noche. Y me quejo porque él no se queja y tú sí. Y porque a la mañana siguiente la vida sigue, y tú te vas tan fresco al colegio y a mí me pesan tu pesadilla, tu agua, tu llanto, tu cuerpo y mi pereza. Y me arrastro por las horas como un condenado, tirando de riñón.

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Vestida de fuerza y dignidad

Sonríe ante el futuro sin miedo

Vaya por delante que este título, en la forma y el fondo, no es mío. No, señoras. Este título tan impresionante nos lo ha otorgado el de Arriba. El Gran Jefe, vaya. Así es como quiere vernos, porque  este es todo el potencial que ve en nosotras: mujeres fuertes y llenas de dignidad, tal y como está escrito en el versículo 25 del capítulo 31 del libro de los Proverbios. 

Pero, como siempre, vamos por partes. Comencemos por el principio. A nadie se le escapa mi interés por todo lo espiritual, y sobre todo por su conexión con lo terrenal. Y de aquí surgió mi interés hace ya casi tres años por los Bible Studies (estudios de la Biblia) que en América por cierto tienen mucho tirón entre los evangélicos. Se trata de libros que analizan al detalle un cierto libro (o capítulo de un libro, como es el caso) de la Biblia. Y lo analizan diariamente durante un periodo de tiempo, normalmente cinco o seis semanas. Analizan cada versículo, lo contextualizan y lo interpretan. Las Escrituras son tan ricas que nunca se acaba de interpretarlas y de conocerlas. Cada día iluminan de forma diferente según el contexto y la situación. En resumen, estos estudios pueden ser guiados o bien se los puede hacer uno por su cuenta, cuando ya tiene más años de experiencia en el escrutinio de la Palabra. Pues bien, yo hace casi tres años empecé a realizar algunos de estos estudios guiados en mis noches libres, cuando iba pudiendo. Y me gustaron tanto que a día de hoy tengo una biblioteca de Bible Studies que esperan pacientemente su turno en la cola. Requieren tiempo y dedicación, y como madre de familia numerosa, de eso tengo poco. Pero en cuanto puedo y mi cerebro lo permite, me lanzo a ellos. Me encantan y me ayudan muchísimo. El primero que hice fue precisamente de este capítulo de los Proverbios, el 31, que hace una detalladísima descripción de “la mujer completa”, esa mujer que es más valiosa que las perlas y en la que confía el corazón de su marido. A lo largo de 21 versículos hace un espectacular elenco de virtudes y capacidades, que por cierto en el alfabeto hebreo van de la A a la Z, a modo de poema, como para querer demostrar su totalidad, su posibilidad de ser completa en todos los sentidos. Este estudio me abrió los ojos al interesantísimo mundo de los Bible Studies y sobre todo (en lo que concierne a este artículo de MTQS) a este capítulo de los Proverbios que cambió mi vida. 

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El trabajo que solo la mujer realiza

El Día Internacional de la Mujer del año pasado me pilló trabajando. Pero no era la mía una labor cualquiera. Se trataba de un trabajo desgarrador, doloroso, cuasi salvaje, que da miedo comenzar, pero que, al final, siempre resulta esplendoroso. Un trabajo esencialmente femenino. Es más, aquel que solo una mujer puede realizar.

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Entrenando los músculos del cuerpo, de la mente y del alma

Entrenando los músculos del cuerpo y de la mente

Existe un verbo en inglés que me fascina (sí, soy una lingüista perdida en el mundo del Periodismo, qué se le va a hacer…) y sobre el que reflexiono mucho en los últimos tiempos. El verbo en cuestión es el verbo to endure, que significa resistir, sobrellevar, perdurar. Es algo que creo que la maternidad te enseña… si te dejas. Es decir, cierto que ser madre te aboca (o si queréis un verbo más gráfico, te lanza) de lleno a muchas renuncias, a lo que toda la vida se ha llamado “aguante”. Pero aprender a hacerlo de una manera más heroica y con el espíritu justo de sacrificio, aprender a sobrellevarlo y resistir de una manera ejemplar es otro cantar. O, para ser más exactos, es una elección.

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El arte de aprender la propia fertilidad

Considero que el conocimiento de la fertilidad es un camino emocionante. Encuentro fascinante profundizar en la perfección del cuerpo humano y su diseño tan inteligente. Cuando enseño fertilidad a una mujer, trato de trasmitirle en primer lugar su relevancia (más en “Por qué deberías conocer tu fertilidad”) para que después pueda decidir si quiere entrar en el proceso de conocerla, con lo que esto conlleva. Se requiere un compromiso y hacerse responsable. Con mucha más razón cuando se hace en pareja y como medio de planificación familiar.

Desconfío de las apps o cualquiera de los artilugios que prometen un control de la fertilidad sin apenas esfuerzo y disciplina. Tampoco valen las fórmulas excesivamente simples, como el típico conteo de los 14 días. La fertilidad no se aprende haciendo “la cuenta de la vieja”, un cálculo aproximado que da bastante error (muchos embarazos no esperados vienen de aquí). Estos caminos pueden ayudar con suerte, pero no son ni muy rigurosos ni muy confiables. No son más que pinceladas vagas de lo que puede ser un gran cuadro.

A pesar de todos los avances tecnológicos que existen, al final, la protagonista de tu fertilidad eres tú, mujer. La fertilidad es parte de ti, y nadie mejor que tú misma para conocerla bien. La mejor manera es usar un método de conocimiento de la fertilidad que permita entender los ciclos en todas sus variedades. Estos métodos utilizan y ordenan los tres signos o indicadores de fertilidad mayores, universales y reconocidos científicamente: la temperatura corporal basal, los cambios en el cérvix y la secreción cervical, el más grande de todos. La observación y el registro diario que requieren, no resulta tedioso ni pesado, es un hábito que se adquiere, de hecho, se tarda menos que en lavarse los dientes. Son métodos fiables y sencillos: el Método Sintotérmico usa los tres indicadores, el Método de la Temperatura usa el indicador de temperatura corporal basal, y el Método de la Ovulación Billings usa el indicador de la secreción cervical (su apariencia y la sensación que produce en la vulva). Cada uno tiene sus reglas de uso, ventajas e inconvenientes, y no a todas las mujeres les viene bien el mismo. Lo importante es que todos ellos tienen alta eficacia si se utilizan correctamente (si quieres saber más sobre los métodos y sus eficacias pincha aquí).

Como todo arte, y el conocimiento de la fertilidad puede serlo, primero hay que ser aprendiz. Es mejor que te enseñen a respetar las reglas de la pintura al óleo para no hacer un “Ecce Homo” como el de Borja. Es conveniente interiorizarlas y practicarlas bajo el monitoreo del que ya está avanzado y puede resolver dudas. El trabajo de un buen instructor en la enseñanza de la fertilidad es despertar a ese artista que se esconde detrás de cada mujer, y que al principio enfrentará baches y dudas. En la enseñanza personalizada de la fertilidad el énfasis se pone en que cada mujer es distinta, para observarse y conocerse. No necesitarás un maestro eternamente, pero sí tendrás la tranquilidad de saber a dónde acudir en caso de SOS, por si cambias de situación reproductiva y/o necesitas un recuerdo, como por ejemplo en una lactancia. O lo que sea.

El momento ideal para aprender es desde la primera menstruación. Sin embargo, nuestra cultura no ha introducido la enseñanza temprana de la fertilidad, a pesar de su importancia. Pero siempre es buen momento. No pasa nada, porque la vida fértil de una mujer dura muchos años más, hasta la menopausia, por lo que siempre se está a tiempo de empezar y prepararse bien. Si lo tienes claro, cuanto antes mejor. Y si piensas que para ti será difícil porque “tienes los ciclos irregulares” o “estoy en la premenopausia, ya es tarde”, te aseguro que no es así. Muy al contrario, estos métodos sirven para todo tipo de mujer, independientemente de las características de sus ciclos, de su etapa fértil, de si mantiene relaciones sexuales o no. La inscripción para la escuela del arte de la propia fertilidad siempre es pertinente y sus puertas están abiertas. Nadie lo hará por ti, tan bien como tú, si tú no lo haces. 

Por qué deberías conocer tu fertilidad

A mi hija mayor le llevo insistiendo mucho tiempo para que pruebe el flan casero. Para mí, un descubrimiento. Pero por más que lo intento, la textura blandengue no le convence. A la pequeña, sin embargo, le bastó un segundo para convertirse en adicta. De la misma manera, y salvando las distancias, todas las mujeres, en algún momento de su vida fértil, tienen que recibir la invitación para conocerse. Las habrá reacias y desconfiadas, pero también curiosas y, muchas veces, necesitadas. Sea quien sea quien descubra este apasionante mundo de la fertilidad estará siempre agradecida.

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Hasta pronto, amiga

Tú habías sufrido una recaída en tu enfermedad crónica, el Sida

Ahí estábamos las dos, sentadas en el suelo de la terraza de tu casa, si se le puede llamar así a un cuarto oscuro con paredes y techo de adobe, similar al que usa mi abuela en su corral para guardar las patatas de la huerta. Tú en tu mugriento colchón y yo en una esterilla en no mejores condiciones. Nos reíamos de nosotras mismas, de que las dos estábamos enfermas, bromeábamos con que Gode no es una buena ciudad para vivir. Yo llevaba varios días con un dolor articular que me impedía moverme con normalidad, tú habías sufrido una recaída en tu enfermedad crónica, el Sida, y ya apenas podías levantarte del colchón. En las últimas semanas habías perdido muchos kilos, tenías fiebre con regularidad, apenas comías… Sin embargo, me sorprendió cómo de tu extrema debilidad todavía sacabas fuerzas para dar un baño a tu hija de cinco años y trenzarle ese pelo estropajo africano.

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Lo que de verdad sostiene a una familia con 12 hijos

“No solo hay que ser buena sino que que hay que estar todo lo buena que puedas estar”. ¡Ahí es nada! Con ustedes: Mar Dorrio, una mujer que desborda fortaleza, agudeza, sabiduría y buen humor. Casada con Javier desde hace 21 años y madre de 12 hijos en la tierra y otros cuatro en el Cielo, no tardó ni un minuto en aceptar esta entrevista. La primera de una serie de entrevistas a mujeres inspiradoras, que esperamos ir ofreciéndoos periódicamente.

Eficaz, atenta y extremadamente servicial, Mar es una de esas personas a las que conviene arrimarse, y es que es capaz de iluminar la experiencia de la vida familiar con total sencillez y acierto. Lo hace a través de su blog Why not twelve? y ahora también a través de un nuevo proyecto llamado “El café de los viernes” que ha abierto al mundo a través de su cuenta de Instagram. Sobre todo ello, y, por supuesto, sobre su vida familiar, quiero yo preguntarle a esta mujer que me duplica en número de hijos y de la que no hago más que aprender. ¿Qué es lo que de verdad sostiene a una familia con 12 hijos? Pasen y lean.

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El pequeño boicoteador

No sé si alguien sabrá de lo que hablo, quiero pensar que sí.

Convivo con este pequeño boicoteador desde que tengo uso de razón. En mis peores y también en mis mejores momentos estaba conmigo. Es esa voz interior que minimiza cualquier esfuerzo que yo haga y lo considera interesado. Minimiza mis buenas intenciones y busca su revés negativo. Minimiza mi amor por otras personas y lo considera insignificante. Minimiza mi positividad y la ridiculiza. Minimiza lo mejor.

Pero no os vayáis a creer, esa voz interior también maximiza. Maximiza mis defectos y me hace creer que son insoportables. Maximiza mis arrepentimientos transformándolos en una culpa enorme. Maximiza mis periodos de bajón haciéndome creer que serán para siempre. Maximiza lo peor. 

Y lo preocupante es que esa voz interior soy yo misma diciéndome que no conseguiré hacerlo, que no podrá durar lo bueno, que tendrá que llegar lo malo, que seguro que hay algo que no he entendido… ¿Alguien se siente identificado con este enemigo interior?

El pequeño boicoteador se ceba especialmente con las madres. Es un campo fácil: es muy sencillo hacerles (nos) creer que no son suficiente, que lo han hecho mal, que la de enfrente lo hizo mejor, que te están quitando la vida, que un día más te has vuelto a equivocar aquí y allá… La sombra de la duda, de la desconfianza, del fracaso.

Por suerte, en los últimos años la madurez me ha dado no sólo otro punto de vista, sino las herramientas para combatirlo. Pero sobre todo, un truco. Un truco que es el que hoy quiero compartir.

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