Tres tentaciones del ama de casa (inexperta)

Tentaciones de la ama de casa

Y lo de ama de casa “inexperta” lo digo por mí. Empecé a trabajar de lo mío antes de terminar la carrera y desde entonces solo he tenido la interrupción de mis permisos por maternidad. Así que lo de empezar a dedicarme de forma casi exclusiva a la vida doméstica y familiar ha sido un reto importante para mí. Pensaba que esto era bastante sencillo, que me iba a sobrar el tiempo para tener la casa en orden, que podría cocinar más y mejor, que no me iban a faltar momentos para atender a mi familia, que tendría tiempo para leer, para hacer más colaboraciones en medios, y no sé cuántas cosas más… Creo que se me olvidaba que tengo cinco criaturas y que soy algo insensata.

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Adopciones, la larga espera

adopción

Antes de que llegara el mercadeo abominable de la subrogada, la respuesta era siempre la misma: “¿Ah, no podéis tener hijos? ¿Y por qué no adoptáis?”. Adoptar. Como si fuera cosa de chasquear los dedos. Como si los miles de euros fueran tan sencillos de pagar como unas cañas y los cientos de días de espera, convertidos en años, fueran tan fáciles de sobrellevar. Adopta, te dicen. Y tú, que no sabes nada del Convenio de Adopción de La Haya, ni de procedimientos ni expedientes, sueñas con ir a buscar lejos, muy lejos, a ese hijo que en tu corazón ya es tuyo, pero que no termina de llegar.

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Me queda mes y medio para dar a luz y estoy aterrorizada

Mujer embarazada a pocas semanas de parir

Y hablemos claro: “Estoy aterrorizada” es la frase más literaria que he encontrado para no tener que escribir palabras malsonantes sobre el estado de pánico en el que me encuentro ante el evento de parir.

Qué le vamos a hacer. Tienen razón las que dicen que al segundo parto vas con más miedo que al primero, porque sabes a qué te enfrentas. Bendita ignorancia… Al menos los nueve meses que preceden al primer parto vives con miedo pero con la ilusión de que “igual no es para tanto”, “igual a mí me va bien”, o “igual no lo soporto tan mal, ¿no?”. ¿Se siente identificada alguna por aquí? Así fue esta menda.

Y luego llegó la bofetada de realismo del primer parto. Un infierno. Lo único que tuvo de bueno es que se acabó (lo de mi preciosa hija se da por hecho, pero ahora hablamos del parto a secas). El resto fue un cúmulo de horas y desgracias (¿alguien por aquí a la que la epidural no hiciese efecto?) que lo convirtieron en una de las peores experiencias de mi vida.

Pero oigan, esto es un blog de maternidad y familia (entre otros temas, quede claro). ¿No se puede hablar en positivo también del parto?

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Compañeras de colegio: tinta indeleble

compañeras de colegio

Mantengo desde hace tiempo un grupo de whatsapp (antes la relación fue por email, y mucho antes, a través de números de teléfono guardados en viejas agendas) con mis compañeras de colegio. Todas ellas mujeres –colegio de chicas y uniforme: no conservo ningún trauma por ello, veo tantas ventajas e inconvenientes en la educación mixta como en la diferenciada– y todas ellas muy queridas. Tal y como somos. Tal como éramos. Y me siento muy afortunada por sentirlo así en estos tiempos en los que el bullying y la violencia en las aulas copan más titulares de los que debieran. Creo que la relación que se forja entre compañeros de colegio no es una relación cualquiera, ni una amistad al uso. La convivencia diaria durante años -los más importantes de la vida, sin duda- imprime carácter, hace familia, marca para siempre con tinta indeleble.

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Madre

-¿De dónde venía yo cuando me encontraste? -preguntó el niño a su madre. Ella, llorando y riendo, le respondió apretándolo contra su pecho:

-Estabas escondido en mi corazón, como un anhelo, amor mío: estabas en las muñecas de los juegos de mi infancia, y cuando, cada mañana, formaba yo la imagen de mi Dios con barro, a ti te hacía y te deshacía;

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El bicho, los abuelos y la tribu

El bicho, los abuelos y la tribu

Me van a perdonar, pero hoy vengo a hablarles del bicho. No, no me refiero a Cristiano Ronaldo –no hagamos sangre y dejémoslo para otro día– sino del parásito (un vulgar estreptococo con pintas en el lomo) que me ha tenido literalmente tumbada en cama durante todo el puente. A mí y a mis hijos, que aún seguirían con 39 de fiebre si la pediatra no hubiera decidido repetirles el streptotest que hace una semana había dado negativo. Una semana tirando de Dalsy porque ellos –por supuesto– solo tenían catarro de vías altas, que es lo que tienen todos los niños que van a la guardería mientras no se demuestre lo contrario. Así que ese era el panorama: ellos con su fiebrón y su Dalsy, yo inflándome a penicilina, y su entregado padre limitándose a sobrevivir. Hoy, por fin, tras una semana inenarrable, la pediatra ha decidido sacar los tanques y darles el antibiótico: al parecer el estreptococo no solo ya era de la familia sino que se había comprado una batamanta y se había abonado a Netflix. Esperemos que no tarde mucho en marcharse.

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El cáncer y la cebolla

Cuando aparece el cáncer de mama

Me llamo Laura, tengo 38 años, y estoy casada desde hace casi siete con José Antonio Méndez, periodista y serio aspirante a la santidad (aunque él, como todo presanto que se precie, se escandalizará cuando lea esto último). Soy profesora de Matemáticas en un instituto público, y para terminar esta presentación, añadiré que no soy supersticiosa, a pesar de que fue, precisamente, un martes 13 de marzo de 2012 cuando me diagnosticaron un cáncer de mama de grado 3. El pronóstico fue bastante regular, porque el tumor había estado creciendo durante los casi seis meses que transcurrieron desde el nacimiento de nuestro primer hijo, Mateo. Una negligencia de esas que a veces se escuchan… pero vivida en primera persona. Me noté un bulto muy grande, pero cuando fui a la cura de los puntos tras el parto, la ginecóloga sentenció que se trataba de un bulto de leche al que no había que darle mayor importancia… sin ni siquiera palparlo. Seis meses después, cuando volví algo preocupada porque aquello no desaparecía, la película era otra muy distinta. Y, desgraciadamente, los protagonistas éramos nosotros.

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Mujeres teníamos que ser

 

Mujeres corrientes. Mujeres atípicas. Mujeres agotadas, enérgicas, eficaces, distintas. Mujeres apasionadas, responsables, locas, geniales. Mujeres que crean, que creen, que crían, que trabajan, que educan, que revientan. Mujeres que ríen, que lloran, que se entregan. Mujeres con talento, con mal día y buen humor. Mujeres con mucho sueño. Mujeres que sienten y que padecen, que caen y que se levantan, que se enfadan, se equivocan, que saben pedir perdón. Mujeres que abrazan y necesitan un abrazo. Mujeres que sueñan, que esperan y desesperan, mujeres fuertes de sexo débil, mujeres débiles de sexo fuerte. Mujeres Niña, Hija, Hermana, Amiga, Novia, Amante, Compañera, Esposa. Mujeres Madre y –algún día, quién sabe– Abuela. Mujeres Nodriza, mujeres Nido, mujeres Naturaleza, mujeres Libertad, mujeres Vida.Mujeres que sí amaban a los hombres (y, es más, los siguen amando). Mujeres que a veces se cansan de ser mujeres. Mujeres con presión y depresión, mujeres con grados, posgrados y legrados, mujeres capaces, inquietas, cultas y ocultas, visibles e imprevisibles. Mujeres complemento, suplemento e implemento. Mujeres de paz que dan mucha guerra, mujeres guerreras que dan mucha paz. Mujeres que tocan, que cantan, que cuentan y descuentan. Mujeres que viajan leyendo o como pueden. Mujeres que quieren viajar pero no viajan. Mujeres de cine, mujeres de serie, mujeres de bandera.Mujeres que rezan, que maldicen, que meditan, que reniegan, que se enmiendan. Mujeres que cortan mus y parten la pana, mujeres que o se pasan o no llegan. Mujeres con carne y con carné, que conducen y se atascan, mujeres que no conducen y sin embargo sobreviven. Mujeres que escriben de madrugada, que leen de madrugada, que velan de madrugada, que aman de madrugada. Mujeres que corren y no alcanzan, que saltan y no llegan, que luchan y fracasan. Mujeres que resisten y a veces ganan.

 

O, así, simplemente: Mujeres. 

 

[Ilustración de Tutti Confetti]