La fina línea que separa la heroicidad del manicomnio

Esperando el tercer hijo

Lo suelto a bocajarro para empezar y así voy al grano: esperamos felizmente nuestro tercer hijo para marzo del año que viene. No os preocupéis, que el tema del parto al menos de momento no lo voy a tocar. Después del parto hollywoodiense del año pasado simplemente espero conseguir llegar al hospital sana y salva y, con un poco de suerte, tener mi epidural. En cualquier caso este no es el tema del artículo de hoy.

El tema es en sí mismo tercer hijo. Ese que pocos se atreven a tener y por el que la gente te mira como a una heroína, pero que simplemente te deja a un hijo menos de que la gente te mire como a una pirada, si ustedes me entienden. Nuestra sociedad ha establecido la fina línea que separa la heroicidad del manicomnio en el cuarto hijo, al que aún no he llegado y tampoco sé si llegaré, puesto que no está ni mucho menos en mis manos. Pero es que tampoco lo estaba el tercero. El hombre propone y Dios dispone, y mientras la gente siga pensando que esto no funciona así, seguirá temiendo el tercer hijo y aborreciendo directamente el cuarto.

El caso es que ahora llega el momento de anunciar a diestro y siniestro que llega el tercero porque, si no lo hago, en un mes empezará a ser evidente y será peor. Y después de algunos comentarios que recibí con la segunda, me pregunto –porque no estoy segura de si lo que me imagino se quedará corto– qué pasará ahora.

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¿Qué libertad?

libertad big data

No descubro nada si les digo que el universo digital, en cualquiera de sus multiformes tentáculos, sabe mil veces mejor que yo misma quién soy, dónde he estado esta mañana, qué he hecho, dónde acabo de comer, en qué supermercado he comprado los pañales, cuánto me he gastado al mes en fármacos, adónde me gustaría irme de vacaciones, en qué bar me he tomado un café (“ha pasado usted aquí más de quince minutos”, deduce el sagaz Google Activity), adónde envío flores cada 14 de mayo, a qué hora me levanto los jueves, a qué dirección me envían un taxi (“¿está usted seguro?”, pregunta educadamente Mytaxi cuando me he equivocado en un número que difiere de la implacable geolocalización) o por qué inquietante motivo que no alcanzo a recordar una tarde tecleé “gif negro tira agua” en el buscador del móvil.

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Lo que de verdad sostiene a una familia con 12 hijos

“No solo hay que ser buena sino que que hay que estar todo lo buena que puedas estar”. ¡Ahí es nada! Con ustedes: Mar Dorrio, una mujer que desborda fortaleza, agudeza, sabiduría y buen humor. Casada con Javier desde hace 21 años y madre de 12 hijos en la tierra y otros cuatro en el Cielo, no tardó ni un minuto en aceptar esta entrevista. La primera de una serie de entrevistas a mujeres inspiradoras, que esperamos ir ofreciéndoos periódicamente.

Eficaz, atenta y extremadamente servicial, Mar es una de esas personas a las que conviene arrimarse, y es que es capaz de iluminar la experiencia de la vida familiar con total sencillez y acierto. Lo hace a través de su blog Why not twelve? y ahora también a través de un nuevo proyecto llamado “El café de los viernes” que ha abierto al mundo a través de su cuenta de Instagram. Sobre todo ello, y, por supuesto, sobre su vida familiar, quiero yo preguntarle a esta mujer que me duplica en número de hijos y de la que no hago más que aprender. ¿Qué es lo que de verdad sostiene a una familia con 12 hijos? Pasen y lean.

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¿Qué te deparará la vida?

Dime, hijo mío: ¿Qué te deparará la vida? Me lo pregunto cuando te miro abandonado a mis brazos, mientras te alimentas de mí sin preocupación.

¿A qué se dedicarán tus manos, esas pequeñas y preciosas que hoy se aferran a mi camiseta para que no me separe de ti? Quizá se afanen en escribir palabras y medio juntar frases como intenta hacer tu madre. Quizá sanen heridas del cuerpo, o del alma. Quizá construyan, creen o diseñen. Quizá enseñen, muestren o acunen. Quizá cuenten, oren o incluso conversen. Quizá sostengan, acaricien y, ojalá, amen.

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Hermanos

Seis hermanos / Foto de Isis Barajas

Que mis hijos sean seis hermanos es hoy una rara avis, y sobre ella he de admitir públicamente algunas cuestiones…

Es cierto que no frecuentan muchos cumpleaños, ni van de vacaciones al extranjero, ni cuentan con espacio propio en casa (a excepción de su cama)… Es cierto que estrenan poca ropa, que deben ponerse de acuerdo para ver una película apta para todos y que hay que apretarse para caber en la mesa de la cocina. Es cierto que deben esperar turno para jugar veinte minutos al iPad en el fin de semana y que incluso para contar cada uno sus batallas del colegio hay que organizarse y esperar que toque la vez.

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“Lo vas a hacer bien”

La maternidad y la dulce espera. Foto de Ana Carro

Así me recibía un cartel publicitario de una conocida marca de pañales en la consulta de la matrona que llevó mi primer embarazo. Cada vez que pasaba por allí, mientras ella me revisaba y se quedaba ojiplatica perdida al ver mi incremento de peso, yo disimulaba y contemplaba aquella foto tan súper pinterest pensando: “Si lo dicen estos señores no pueden equivocarse, que de bebés y madres saben muchísimo”. 

La experiencia me ha demostrado que tenían razón. Lo estoy haciendo bien. Al menos lo mejor que puedo. Y creo que se podría considerar que tanto yo como todas las madres lo hacemos, como norma general, bien.

Pero también la experiencia me ha demostrado que a aquella afirmación rotunda le faltaba un asterisco y la siguiente frase en letra pequeña: “Es cierto, lo vas a hacer bien. Pero es muy posible que en ningún momento estés absolutamente segura de esto. Así que mucho ánimo”.

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El gran miedo

miedo síndrome de down

Última hora: según la ONG Down España, casi el 100% de las mujeres embarazadas de un hijo con síndrome de down, abortan. Lamentablemente, no me sorprende. Pasado mañana, cuando tengamos implantado el test de detección prenatal del autismo –solo es un desagradable ejemplo– tardaremos poco en leer las mismas cifras. Estoy convencida de que si todavía nacen personas con autismo es porque los científicos aún no han logrado el diagnóstico prenatal. Y quien dice del autismo dice de la tendencia a la depresión. O a la cojera. O a desarrollar una enfermedad crónica que nos convierta en (¿cómo era?) parásitos del sistema. O a ser niño, si yo había pagado por una niña. Aunque esto último me parece que hace mucho que ha dejado de ser una triste distopía.

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Hacer extraordinario lo ordinario

Juan tiene una enfermedad rara

Conversación normal en mi casa en un día en el que hemos invitado a un amigo de los niños a jugar:

– Éste es Juan. Juan, dile “hola” a mi amigo (y Juan, encantado, como siempre, saluda alegremente). Mira, ¿ves? Tiene las manos así como cerradas y no las puede abrir mucho. Pero ha mejorado un montón y ya hace muchas cosas. Casi todas. Y él solo.

Y con esta sencillez aplastante es como mis hijos resumen la patología de poca incidencia, catalogada dentro de las enfermedades raras, que padece nuestro quinto. Artrogriposis congénita distal. Lo escribo, y el Word de mi ordenador sigue señalando en rojo este nombre dichoso, como si no existiese. Debe ser que, debido a su poca incidencia, esta patología aún no es muy conocida. Y parece que lo poco conocido no es digno de normalizarse, ¿puede ser?

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La historia de dos mellizos y un matrimonio santo

Dos mellizos y la historia de un matrimonio santo

Supongo que ninguna mujer espera quedarse embarazada de gemelos. Quizá si tiene antecedentes en la familia pueda imaginárselo como una posibilidad real. Pero ese no era mi caso. En cambio, yo sí lo esperaba. Tenía la extraña certeza de que esperaba dos bebés antes de hacerme, ya en la semana 13, la primera ecografía de mi cuarto embarazo. Diré más: en el fondo, lo deseaba. Y me gustaría explicar por qué.

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Un día después del otro

Rodaje de la película Ganar al Viento Escena de la película Ganar al Viento Película Ganar al Viento Ganar al Viento Charles es uno de los protagonistas de Ganar al Viento

Tugdual, de 8 años, tiene algo especial en la mirada. Uno de sus ojos es azul y el otro, marrón. Esta peculiaridad no vino de serie con su nacimiento, sino que ha sido una de las secuelas que le dejó la intervención quirúrgica que le realizaron, cuando tenía tres años, para extirparle un tumor alojado en su aorta. Las sesiones de quimio siguen ocupando la cotidianidad de su vida, a la vez que alimenta su pasión por las plantas, toca el piano o lee libros con su abuela. “Es lo normal, así es la vida”, explica sin darle mucha importancia. La enfermedad forma parte de su vida, sí; pero la enfermedad no es toda su vida.

Junto con él, otros cuatro niños que viven con graves patologías protagonizan la película documental Ganar al Viento, que se estrena en España el próximo 9 de febrero. Podría parecer que es una película sobre la enfermedad infantil, pero en realidad no es así. Se trata de un documental delicioso y alegre que habla de la vida a través de la mirada de unos niños que nos muestran que la felicidad es posible en cualquier situación, también estando gravemente enfermos, cuando somos acogidos y acompañados por las personas que nos aman. “Estar enfermo no nos impide ser felices”, sentencia Tugdual al comienzo de la película.

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