¿Halloween? No, gracias

halloween no gracias

Ayer me encontré quejándome amablemente ante la coordinadora del colegio de mi hija de 4 años porque había vuelto a casa con un dibujo de una calabaza con un sombrero de bruja. Pensaréis que es un colegio público. Ay, amigos… No lo es. Privado y católico. Repito: Privado y, sobre todo, CATÓLICO. Y la coordinadora llevaba toca y una cruz bien grande en el pecho. 

Hacía varios días que rumiaba el contenido de este artículo y posiblemente si tuviera más tiempo (y estuviera menos cansada, todo hay que decirlo) habría dedicado más líneas a lo que tengo que decir. Pero así son las cosas. Por suerte la conversación de ayer me dio el empujón definitivo.

Me había preparado mi argumentario mental varias veces para no olvidarme ninguno de los puntos. Pero reconozco que, si bien lo viví con la libertad de quien tiene el derecho a expresar su desacuerdo con educación, también habitaba en mí una cierta incomodidad por tener que dar los argumentos que di a una religiosa formada y, bajo mi punto de vista por lo poco que la conozco, muy competente en su campo. Y sin embargo, ese dibujo de la calabaza llegó a mi casa, y salía de sus aulas.

Pues bien, procedo a elencar aquí el argumentario que presenté ante la monja:

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El inesperado pan debajo del brazo que me trajo mi tercer hijo

He dudado mucho si escribir este artículo o no. Por un lado, no quería hacerlo demasiado personal porque no creo que mi vida interese mucho a nadie. Por otro lado, haciéndolo generalista corría el riesgo de aparentar que sé del tema y puedo dar consejos, cuando nada más lejos de la realidad. Soy perfectamente consciente de que lo mío no es nada comparado con lo que viven otras personas. Me siento novata en esto de la salud precaria. Pero aún así todo lo que he vivido y estoy viviendo creo que tiene un valor que podría resultar útil a alguien. Puede que me equivoque. En el peor de los casos me servirá para poner en orden mis ideas. Allá va.

Sin entrar en muchos detalles, a unos últimos meses de embarazo difíciles con situaciones familiares complicadas y agotantes, hubo que sumar que una semana tras el parto tuve un cólico renal. Desde entonces pruebas de hospital, una operación, y semana a semana pérdida de calidad de vida hasta llegar al día de hoy. Llevo ya tres semanas sin salir de casa porque mi salud no lo permite. Nos ayudan señoras de la limpieza, familiares y amigos a sostener el barco familiar. Mi marido se divide todo lo que puede para hacer la compra, atender a los niños y dejarme descansar por la noche (¡Gracias cariño!). En pocos días me vuelven a operar.  Puede que sea la luz al final del túnel que estamos esperando, o puede que no. Y todo esto lo he contado para poner en antecedentes, no es mi intención suscitar compasión, de verdad que no.

Ahora voy al meollo de la cuestión. ¿Qué se puede aprender de todo esto? ¿Qué me está enseñando la enfermedad?

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¡Que no viene el lobo!

Que viene el lobo

De vuelta de la Feria del Libro (en la que, por cierto, gasto el triple desde que soy madre que cuando era una friki aficionada a todo lo que oliera a literatura medieval), he sentido la necesidad de compartir en este blog mi inquietud y mi zozobra: el buenismo nos invade y cercena hasta la infancia de nuestros hijos.

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La Belleza que atrae

Me despedí, cerré la puerta y pensé: verdaderamente hay una Belleza que atrae.

Jamás hubiera imaginado tener la suerte de poder visitar el Centro de Estudios e Investigaciones Ezio Aletti.

En este taller, muy cerca de la Basílica de Santa Maria Maggiore (Roma), nacen los mosaicos de Padre Rupnik, jesuita esloveno conocido por sus mosaicos en un gran número de iglesias. Entre otras, la capilla de Redemptoris Mater del Palacio Apostólico de la Ciudad del Vaticano.

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El mejor verano de nuestras vidas

Los domingos por la mañana solía haber churros en casa. Cuando éramos pequeños, iba mi padre a comprarlos muy temprano. Con el tiempo, nos iba tocando a los niños ir a esa pequeñísima tienda que había en el barrio, donde sólo cabía esa gran máquina para fabricar los churros, un mostrador grasiento y tres clientes apiñados para no ser vomitados hacia la calle. Las colas daban a veces la vuelta a la esquina; mientras que el olor a churro inundaba los alrededores. Todavía puedo sentir el calor asfixiante que desprendía aquel local diminuto, y que ahora incluso añoro.

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Católicos en redes sociales: de lo digital a la carne

Católicos en redes sociales

Confieso que siempre me ha cuestionado mucho eso de la evangelización en redes sociales. Que una persona se encuentre con Jesucristo a través de una cuenta de Instagram me ha parecido, en el mejor de los casos, una bonita quimera. Por un lado, porque las redes sociales se encargan de “llevarnos” hacia perfiles afines a los nuestros y crean como una burbuja en la que nos sentimos cómodos. Y, por otro, porque el contacto humano, personal y, digamos, carnal es clave para un encuentro real con Cristo.

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Y con esto y un bizcocho…

Bizcocho delicioso

Bueno, había que volver al blog. Perdonadnos, pero aquí las plurimadres de Mujeres teníamos que ser hemos estado muy ocupadas. La vida, como bien sabemos aquí todas, no da para más. Pero siempre -y digo siempre- hemos querido mantener este proyecto vivo y vamos a seguir intentándolo. Hoy empezamos con una receta para un bizcocho que, verdad de la buena, requiere cero esfuerzo y el resultado es ma-ra-vi-llo-so.

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Morir como perros

morir como perros

Leí el otro día un artículo conmovedor en el que un veterinario relataba cómo los perros buscan desesperadamente la mirada de los amos cuando les administran la inyección letal que los “duerme” (que los mata, entiéndase) y lo importante que es la presencia de su “familia” mientras les llega la muerte. “Los últimos momentos del animal suelen ser frenéticos y miran a su alrededor para buscar a sus dueños. Perciben cuándo toman la decisión de terminar con su sufrimiento, se sienten vulnerables y, en consecuencia, lo mejor es que siempre estén al lado de ellos para tranquilizarlos, además de darles el último adiós”, relataba este veterinario “cansado y con el corazón roto”, que apostillaba: “¡Las personas son el centro de su mundo durante toda su vida! Sin embargo, el 90% de los propietarios no quieren estar en la habitación cuando se les administra la inyección letal”. Según el profesional, los animales “buscan en cada rostro a la persona amada. No entienden por qué los dejas cuando están enfermos, asustados, viejos o muriendo de cáncer y necesitan tu cariño…”.

Tenemos en casa una frenchie y una mastina (algún día os contaré la historia de Vilma y Betty) que llenan nuestros días de esa luz que solo un peludo puede dar, y conforme iba leyendo el artículo me asaltaban infinidad de sensaciones y pensamientos. Desde la pena infinita y el vértigo ante la realidad de que algún día nos dirán adiós, hasta la rabia y la indignación contenida por ver cómo somos capaces de empatizar con las causas más nobles, animalismos y ecologías, mientras nosotros nos deshumanizamos (¿o debería decir nos desanimalizamos?) muriendo entre cables, en la aséptica sala de un hospital, más solos que la una, cuando no pidiendo la hora de pura depresión.

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Ruido

Ruido traspasa las ventanas cerradas del salón. Como si fueran de papel, el ensordecedor sonido de las grúas construyendo el último bloque de pisos de lujo se cuela hasta la más lejana habitación. El tráfico incesante de coches, el traqueteo de los trenes, la sirena de la ambulancia, el camión de la basura a las doce de la noche, el murmullo de los viandantes, los juicios al oído y los insultos a voz en grito. Ruido.

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