Discapacidad en tiempos del bullying

Discapacidad

Con esto de la vuelta al cole tenía pensado escribir sobre algo muy distinto. Como dice mi amiga, compañera de blog y pedazo de mujer, Isis Barajas, rumiaba un artículo más cultureta, que por lo visto es lo mío. Pero he leído algo esta tarde que me ha tocado el corazoncito, y por aquí voy a tirar. Se trata de un artículo sobre cómo los niños con discapacidad son, habitualmente, rechazados en los juegos de recreo. No me voy a rasgar las públicas vestiduras. Antes de ser madre de un niño con síndrome de Down, he sido niña, y también adolescente. Y reconozco que, por lo general, la discapacidad, a ciertas edades, produce una mezcla entre rechazo, desagrado, compasión y miedo, producto del más absoluto desconocimiento. Una ignorancia tóxica, dañina, segregadora y en ocasiones hasta cruel. Niños que hablan mal, que andan mal, que no corren, que babean, que no saben o no pueden jugar son sistemáticamente ignorados en el patio o en el parque, o en clase (con probables, loables y lamentablemente escasas excepciones).

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Adopciones, la larga espera

adopción

Antes de que llegara el mercadeo abominable de la subrogada, la respuesta era siempre la misma: “¿Ah, no podéis tener hijos? ¿Y por qué no adoptáis?”. Adoptar. Como si fuera cosa de chasquear los dedos. Como si los miles de euros fueran tan sencillos de pagar como unas cañas y los cientos de días de espera, convertidos en años, fueran tan fáciles de sobrellevar. Adopta, te dicen. Y tú, que no sabes nada del Convenio de Adopción de La Haya, ni de procedimientos ni expedientes, sueñas con ir a buscar lejos, muy lejos, a ese hijo que en tu corazón ya es tuyo, pero que no termina de llegar.

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Compañeras de colegio: tinta indeleble

compañeras de colegio

Mantengo desde hace tiempo un grupo de whatsapp (antes la relación fue por email, y mucho antes, a través de números de teléfono guardados en viejas agendas) con mis compañeras de colegio. Todas ellas mujeres –colegio de chicas y uniforme: no conservo ningún trauma por ello, veo tantas ventajas e inconvenientes en la educación mixta como en la diferenciada– y todas ellas muy queridas. Tal y como somos. Tal como éramos. Y me siento muy afortunada por sentirlo así en estos tiempos en los que el bullying y la violencia en las aulas copan más titulares de los que debieran. Creo que la relación que se forja entre compañeros de colegio no es una relación cualquiera, ni una amistad al uso. La convivencia diaria durante años -los más importantes de la vida, sin duda- imprime carácter, hace familia, marca para siempre con tinta indeleble.

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Madre

-¿De dónde venía yo cuando me encontraste? -preguntó el niño a su madre. Ella, llorando y riendo, le respondió apretándolo contra su pecho:

-Estabas escondido en mi corazón, como un anhelo, amor mío: estabas en las muñecas de los juegos de mi infancia, y cuando, cada mañana, formaba yo la imagen de mi Dios con barro, a ti te hacía y te deshacía;

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El bicho, los abuelos y la tribu

El bicho, los abuelos y la tribu

Me van a perdonar, pero hoy vengo a hablarles del bicho. No, no me refiero a Cristiano Ronaldo –no hagamos sangre y dejémoslo para otro día– sino del parásito (un vulgar estreptococo con pintas en el lomo) que me ha tenido literalmente tumbada en cama durante todo el puente. A mí y a mis hijos, que aún seguirían con 39 de fiebre si la pediatra no hubiera decidido repetirles el streptotest que hace una semana había dado negativo. Una semana tirando de Dalsy porque ellos –por supuesto– solo tenían catarro de vías altas, que es lo que tienen todos los niños que van a la guardería mientras no se demuestre lo contrario. Así que ese era el panorama: ellos con su fiebrón y su Dalsy, yo inflándome a penicilina, y su entregado padre limitándose a sobrevivir. Hoy, por fin, tras una semana inenarrable, la pediatra ha decidido sacar los tanques y darles el antibiótico: al parecer el estreptococo no solo ya era de la familia sino que se había comprado una batamanta y se había abonado a Netflix. Esperemos que no tarde mucho en marcharse.

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No es un trozo de madera

Cristo Negro de Cáceres

Enmudece la plaza. Con el eco de la última campanada de la medianoche resonando aún en la lejanía, como en una señal acordada, se apagan de pronto las luces de la vieja ciudad amurallada y un murmullo pidiendo silencio recorre la abigarrada multitud que se concentra alrededor de la concatedral. La puerta de la fachada principal se abre y salen cuatro cofrades con el hábito benedictino –negro y cíngulo blanco, la capucha cubriendo la cara– dos de ellos con hachones encendidos. El muñidor toca una gruesa esquila, dos veces. Vuelve a tocarla. Otra vez. La esquila se hace letanía, la multitud se aparta y abre paso, mientras la comitiva se acerca a la puerta lateral del sobrio e imponente edificio medieval. El silencio se corta con un cuchillo.

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LOS CHILDFREE O LA MATRACA

Lo digo porque de un tiempo a esta parte vengo observando una cierta tendencia/preocupación de primer mundo que me está empezando a empalagar: me refiero a esa inquietud tan rentable a la que he dado en llamar la matraca de los Childfree (“sin hijos por elección”) en su vertiente Madre Arrepentida.

Decía John Lennon que la vida es lo que pasa mientras haces planes. En realidad,  con dos hijos en primer año de guardería, la vida es más bien lo que pasa entre una consulta del médico y la siguiente. Y desde luego que no es agradable, ni siquiera llevadero: es francamente agotador. Todo es agotador. Tengo hartos de lamentos a mis padres, a mis amigas y a mi entorno, considero venerables –virtudes heroicas incluidas– a las madres (y padres) de más de dos  hijos y he entonado demasiadas veces el esto a mí no me lo habían contado. Pero sí, lo sabía. Claro que lo sabía.

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BEETHOVEN, EUROPA Y EL PURÉ

Europa es el alma de Beethoven. Europa no la construye un Tratado, no la sostiene un mercado, ni la compra una moneda.

No suelo llevarme el móvil cuando voy a cocinar. Me gusta encerrarme a solas con mis bártulos y, acaso, escuchar la radio mientras pienso qué sabroso apaño podré hacer en los próximos diez minutos con lo que tengo en la nevera. Pero el otro día sí me lo llevé. Acababa de encontrar el enlace a un evento en streaming y pensé que sería una buena música de fondo mientras hacía el puré para los niños. Se trataba, nada menos, que de la Novena Sinfonía de Beethoven en directo desde la Elbphilharmonie de Hamburgo, con Gustavo Dudamel –la batuta del momento– al frente de la Sinfónica Simón Bolívar. No era, ciertamente, la primera vez que escuchaba la Novena, y la había encontrado ya empezada, así que, mientras sonaba el apacible tercer movimiento iba yo sacando el cazo, la sartén, la tabla de cortar y mi cuchillo verdulero.

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CONTRA LA PERFECCIÓN

La perfección no reside en la condición física. La belleza es un don que nada tiene que ver con lo material.

Hace unos días nos desayunábamos con la noticia de que Islandia se ha convertido en el primer país en erradicar el Síndrome de Down. No es que hayan encontrado el modo de “silenciar” el célebre cromosoma extra ni que hayan hecho barra libre de té verde entre la comunidad downie. Ha sido mucho más simple: el 100% de los fetos diagnosticados con síndrome de Down son abortados. En Islandia, en los últimos cinco años, no ha habido un solo nacimiento de bebés con Síndrome de Down. (En España nos queda poco para alcanzar la cifra, pero últimamente andamos más ocupados en no mutilar los rabos de los perros).

Hay un librito, Contra la perfección, una pequeña joya que me dejó un día una buena amiga, escrito por el profesor Michael Sandel, catedrático de filosofía política de la Universidad de Harvard, donde nos recuerda que vivimos en un mundo que busca a toda costa la “mejora de la especie”,  que rediseña la naturaleza a golpe de biotecnología y que abraza el transhumanismo, la corriente que afirma el deber moral de perfeccionar las capacidades físicas y cognitivas de la especie humana, de eliminar el sufrimiento, la enfermedad, el envejecimiento y hasta la condición mortal. Buscamos erradicar los defectos, ampliar las capacidades intelectuales, borrar de la memoria los hechos traumáticos, vivir en un mundo donde la esperanza de vida rondará los 500, incluso los 1000 años. La imperfección, dicen, engendra infelicidad y el mundo, en definitiva, busca fabricar al hombre perfecto. Pero ¿quién decide qué es la perfección? ¿Dónde están los límites?

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