La historia de dos mellizos y un matrimonio santo

Supongo que ninguna mujer espera quedarse embarazada de gemelos. Quizá si tiene antecedentes en la familia pueda imaginárselo como una posibilidad real. Pero ese no era mi caso. En cambio, yo sí lo esperaba. Tenía la extraña certeza de que esperaba dos bebés antes de hacerme, ya en la semana 13, la primera ecografía de mi cuarto embarazo. Diré más: en el fondo, lo deseaba. Y me gustaría explicar por qué.

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Un día después del otro

Tugdual, de 8 años, tiene algo especial en la mirada. Uno de sus ojos es azul y el otro, marrón. Esta peculiaridad no vino de serie con su nacimiento, sino que ha sido una de las secuelas que le dejó la intervención quirúrgica que le realizaron, cuando tenía tres años, para extirparle un tumor alojado en su aorta. Las sesiones de quimio siguen ocupando la cotidianidad de su vida, a la vez que alimenta su pasión por las plantas, toca el piano o lee libros con su abuela. “Es lo normal, así es la vida”, explica sin darle mucha importancia. La enfermedad forma parte de su vida, sí; pero la enfermedad no es toda su vida.

Junto con él, otros cuatro niños que viven con graves patologías protagonizan la película documental Ganar al Viento, que se estrena en España el próximo 9 de febrero. Podría parecer que es una película sobre la enfermedad infantil, pero en realidad no es así. Se trata de un documental delicioso y alegre que habla de la vida a través de la mirada de unos niños que nos muestran que la felicidad es posible en cualquier situación, también estando gravemente enfermos, cuando somos acogidos y acompañados por las personas que nos aman. “Estar enfermo no nos impide ser felices”, sentencia Tugdual al comienzo de la película.

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El mayor ya lo sabe

El mayor ya lo sabe

No lo esperaba tan pronto. Confiaba en tener un añito más de inocencia intacta y más después de haber superado la prueba de este año con nota. Mi hijo mayor, de 9 años, había pasado unas Navidades estupendas y, por supuesto, tenía una ilusión enorme por que llegaran los Magos de Oriente. Hizo su carta con bastante antelación y se la entregó a Melchor justo en la víspera de la Epifanía en nuestra parroquia. Ningún comentario parecía cuestionar nada. Solo dijo: “Mamá, yo creo que los Reyes que vienen a la parroquia no son los de verdad”. Y ya.

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Mi pequeño de seis

Mi querido pequeño, todavía no te conocemos y en casa ya se ha montado una gran fiesta con la noticia de tu llegada. Tus cinco hermanos andan revolucionados y no paran de pedir a Dios cada noche que salgas pronto para poder abrazarte, estrujarte y explorar cada diminuta parte de tu cuerpo. Ya les he explicado yo que necesitas todavía unos cuantos meses ahí dentro para terminar de crecer, pero no veo a algunos de ellos muy convencidos del asunto.

Desde que supieron que estabas en mi interior han informado puntualmente a cada vecino que se han topado en el ascensor, a la ancianita de la parada del autobús, al señor de la panadería e incluso a todos los bañistas –sin excepción– que encontraron este verano en la playa. Ya han planeado dónde dormirás, qué sitio ocuparás en nuestra furgoneta y han pensado en los nombres más bonitos y originales para ti. Debo decirte, mi pequeño hijo, que he conseguido disuadir a la mayor de las chicas de llamarte “Lacito”. Sé que me estarás eternamente agradecido.

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Tres tentaciones del ama de casa (inexperta)

Tentaciones de la ama de casa

Y lo de ama de casa “inexperta” lo digo por mí. Empecé a trabajar de lo mío antes de terminar la carrera y desde entonces solo he tenido la interrupción de mis permisos por maternidad. Así que lo de empezar a dedicarme de forma casi exclusiva a la vida doméstica y familiar ha sido un reto importante para mí. Pensaba que esto era bastante sencillo, que me iba a sobrar el tiempo para tener la casa en orden, que podría cocinar más y mejor, que no me iban a faltar momentos para atender a mi familia, que tendría tiempo para leer, para hacer más colaboraciones en medios, y no sé cuántas cosas más… Creo que se me olvidaba que tengo cinco criaturas y que soy algo insensata.

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A vueltas con el orgasmo femenino

a vueltas con el orgasmo femenino

Me voy a meter en un jardín… Y no sé si sabré salir.

Hace unas semanas vi un anuncio de Durex en la televisión que decía así: “Dos de cada tres mujeres no siempre llegan al orgasmo en sus relaciones. Esto tiene que cambiar”. Y para resolver el problema, la marca proponía comprar su nuevo gel revolucionario. Nada, chica, que usas ese gel prodigioso y problema resuelto: tienes los orgasmos de tu vida. Evidentemente, cada empresa tiene que vender su producto, pero me quedé pensando en el fondo del mensaje: Si dos de cada tres mujeres (¡dos de cada tres!) tiene que usar un gel o cualquier otro artilugio sexual para llegar al orgasmo es como decir que algo no funciona del todo bien en la mujer y por eso tiene que acudir a soluciones externas, ¿no es así?

En esta misma línea, una encuesta realizada por Bijoux Indiscrets, una empresa que se dedica a comercializar productos y juguetes eróticos, revela que el 52,1 por ciento de las mujeres ha fingido orgasmos alguna vez, que el 43,2 por ciento lo hace para dar por finalizada la relación sexual, y que un 22,5 por ciento de las mujeres no logra el orgasmo durante el sexo nunca o casi nunca. Inquietantes estadísticas. Sobre todo hoy en día en que parece que todo el mundo tiene una vida sexual de lo más satisfactoria.

¿Va a resultar entonces que las mujeres estamos mal hechas? ¿De verdad ese es el problema?

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Mi casa tendría que ser más grande

“Mi casa tendría que ser más grande”, me digo una y otra vez mientras buceo por enésima vez en Idealista para encontrar el hogar de mis sueños… Si así fuera -me repito y me convenzo- la vida familiar sería más fácil y mucho más relajada. Sin duda, sería más feliz. En una casa más grande no tendría que hacer tetris con las tronas de los bebés cada vez que quiero abrir el lavavajillas e incluso cabría una persona de pie en el cuarto de los chicos cuando las literas abatibles están abiertas. Dicen que el roce hace el cariño, pero tengo comprobado que intentar cocinar mientras esquivo de puntillas a los bebés que gatean por el suelo o mientras pido a propios y extraños que se aparten otra vez para abrir el cajón de las ollas hace de todo menos sacar el cariño que llevo dentro.

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La herencia que nos dejaron

Ilustración de María Olguín Mesina para el artículo "La herencia que nos dejaron". Isis Barajas. Revista Misión
Ilustración de María Olguín Mesina

Sus manos cuadradas, chatas y mullidas me transportan a otro tiempo. A aquellos años de infancia en los que, sentada en las rodillas de mi padre, disfrutaba cogiéndole la mano. Era tan gordita, suave y, sobre todo, blandita, que me entretenía apretándola con las mías, tan pequeñas y huesudas. Mi padre reía divertido; le parecía graciosa esa predilección mía por su manos grandes y fuertes, a la vez que suaves y achuchables. En los días previos a su muerte, junto a la cama de la UCI de un gran hospital, me despedí de él mientras volvía a acariciar esas manos, ya menos rellenas pero igualmente blanditas que todavía hoy recuerdo con todos sus detalles.

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Menos corresponsabilidad y más entrega

De un tiempo a esta parte escucho mucho hablar de “corresponsabilidad en el hogar” en el sentido de “reparto equitativo de tareas” entre hombre y mujer. A priori puede parecer una reclamación noble y necesaria, pero a mí me parece francamente insuficiente.

No niego que puede ser práctico repartir tareas por logística familiar, pero no comparto en absoluto que la razón de fondo deba ser una cuestión de igualdad entre los sexos. Para mí no hay otro motivo que sostenga la gestión del hogar que el amor al otro y la entrega mutua. Sí, sé que puedo parecer un poco exagerada, pero es que no somos una empresa. Y si el amor conyugal está en el corazón de la vida familiar, también lo está en las tareas domésticas.

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Sobre perros y familias numerosas

Cada hijo es amado singularmente, es apreciado y valorado por quién es, cada uno es distinto, es único, es maravilloso a nuestros ojos. No por tener más les queremos menos, ni les tratamos en lote.

Hace algunos días, una mujer muy querida para mí escuchó la siguiente conversación en la panadería:

– Mira a esa, embarazada otra vez.

– ¡Qué bárbaro! Como perros…

Ella, que está esperando a su sexto hijo, hizo como si no escuchara nada, y del mismo modo que entró, se marchó.

Las madres de familia numerosa a veces escuchamos este tipo de comentarios que nos atraviesan como una punzada el alma. Una se siente tan humillada y dolida que ni siquiera salen palabras de la boca para responder como es debido. Pero yo hoy, con permiso de mi amiga, sí quisiera explicarle, con todo mi respeto, algunas cosas a aquella señora.

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