El inesperado pan debajo del brazo que me trajo mi tercer hijo

He dudado mucho si escribir este artículo o no. Por un lado, no quería hacerlo demasiado personal porque no creo que mi vida interese mucho a nadie. Por otro lado, haciéndolo generalista corría el riesgo de aparentar que sé del tema y puedo dar consejos, cuando nada más lejos de la realidad. Soy perfectamente consciente de que lo mío no es nada comparado con lo que viven otras personas. Me siento novata en esto de la salud precaria. Pero aún así todo lo que he vivido y estoy viviendo creo que tiene un valor que podría resultar útil a alguien. Puede que me equivoque. En el peor de los casos me servirá para poner en orden mis ideas. Allá va.

Sin entrar en muchos detalles, a unos últimos meses de embarazo difíciles con situaciones familiares complicadas y agotantes, hubo que sumar que una semana tras el parto tuve un cólico renal. Desde entonces pruebas de hospital, una operación, y semana a semana pérdida de calidad de vida hasta llegar al día de hoy. Llevo ya tres semanas sin salir de casa porque mi salud no lo permite. Nos ayudan señoras de la limpieza, familiares y amigos a sostener el barco familiar. Mi marido se divide todo lo que puede para hacer la compra, atender a los niños y dejarme descansar por la noche (¡Gracias cariño!). En pocos días me vuelven a operar.  Puede que sea la luz al final del túnel que estamos esperando, o puede que no. Y todo esto lo he contado para poner en antecedentes, no es mi intención suscitar compasión, de verdad que no.

Ahora voy al meollo de la cuestión. ¿Qué se puede aprender de todo esto? ¿Qué me está enseñando la enfermedad?

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