Dale la vuelta a las gafas

Cambia de gafas para cambiar tu relacion de pareja

Es muy recurrente esa frase de Gandhi que dice “Sé la persona que quieres ver en el mundo”. También hay una variante que habla del “cambio” y no de la “persona”. No sé bien cuál de las dos es la correcta. Como sea. En realidad no es importante la frase, sino que viene a colación del tema que nos ocupa hoy, y que llevo muchísimo tiempo meditando (y tratando de poner en práctica en la medida de lo posible en mi propia esfera personal), y que es una vuelta más de tuerca a la célebre cita. Podríamos decir, “Sé la persona que quieres ver en tu casa”, y más especialmente, dentro de la relación de pareja, “Se la persona que él querría tener a su lado”. Sé una persona al lado de la cual él quiera estar.

Quizá esto suene un poco a mujer sumisa y sacrificada, una visión de la que huimos como si fuera la peste. Pero creedme, nada más lejos de la realidad. Detrás de esto se esconde un gran secreto para una vida de matrimonio feliz y plena.

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Sobre perros y familias numerosas

Cada hijo es amado singularmente, es apreciado y valorado por quién es, cada uno es distinto, es único, es maravilloso a nuestros ojos. No por tener más les queremos menos, ni les tratamos en lote.

Hace algunos días, una mujer muy querida para mí escuchó la siguiente conversación en la panadería:

– Mira a esa, embarazada otra vez.

– ¡Qué bárbaro! Como perros…

Ella, que está esperando a su sexto hijo, hizo como si no escuchara nada, y del mismo modo que entró, se marchó.

Las madres de familia numerosa a veces escuchamos este tipo de comentarios que nos atraviesan como una punzada el alma. Una se siente tan humillada y dolida que ni siquiera salen palabras de la boca para responder como es debido. Pero yo hoy, con permiso de mi amiga, sí quisiera explicarle, con todo mi respeto, algunas cosas a aquella señora.

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No es un trozo de madera

Cristo Negro de Cáceres

Enmudece la plaza. Con el eco de la última campanada de la medianoche resonando aún en la lejanía, como en una señal acordada, se apagan de pronto las luces de la vieja ciudad amurallada y un murmullo pidiendo silencio recorre la abigarrada multitud que se concentra alrededor de la concatedral. La puerta de la fachada principal se abre y salen cuatro cofrades con el hábito benedictino –negro y cíngulo blanco, la capucha cubriendo la cara– dos de ellos con hachones encendidos. El muñidor toca una gruesa esquila, dos veces. Vuelve a tocarla. Otra vez. La esquila se hace letanía, la multitud se aparta y abre paso, mientras la comitiva se acerca a la puerta lateral del sobrio e imponente edificio medieval. El silencio se corta con un cuchillo.

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Deja el móvil a un lado

Las cosas sorprendentes que pasan cuando dejas el móvil a un lado - mujeresteniamosqueser.com

(Y esto me lo digo, en primer lugar, a mí misma.)

Déjalo.

El mundo sigue girando.

Tus amigos te seguirán queriendo.

Instagram seguirá siendo interesante cuando vuelvas a mirarlo.

Tus mails personales te estarán esperando.

 

No habrá tragedias.

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LOS CHILDFREE O LA MATRACA

Lo digo porque de un tiempo a esta parte vengo observando una cierta tendencia/preocupación de primer mundo que me está empezando a empalagar: me refiero a esa inquietud tan rentable a la que he dado en llamar la matraca de los Childfree (“sin hijos por elección”) en su vertiente Madre Arrepentida.

Decía John Lennon que la vida es lo que pasa mientras haces planes. En realidad,  con dos hijos en primer año de guardería, la vida es más bien lo que pasa entre una consulta del médico y la siguiente. Y desde luego que no es agradable, ni siquiera llevadero: es francamente agotador. Todo es agotador. Tengo hartos de lamentos a mis padres, a mis amigas y a mi entorno, considero venerables –virtudes heroicas incluidas– a las madres (y padres) de más de dos  hijos y he entonado demasiadas veces el esto a mí no me lo habían contado. Pero sí, lo sabía. Claro que lo sabía.

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El cáncer y la cebolla

Cuando aparece el cáncer de mama

Me llamo Laura, tengo 38 años, y estoy casada desde hace casi siete con José Antonio Méndez, periodista y serio aspirante a la santidad (aunque él, como todo presanto que se precie, se escandalizará cuando lea esto último). Soy profesora de Matemáticas en un instituto público, y para terminar esta presentación, añadiré que no soy supersticiosa, a pesar de que fue, precisamente, un martes 13 de marzo de 2012 cuando me diagnosticaron un cáncer de mama de grado 3. El pronóstico fue bastante regular, porque el tumor había estado creciendo durante los casi seis meses que transcurrieron desde el nacimiento de nuestro primer hijo, Mateo. Una negligencia de esas que a veces se escuchan… pero vivida en primera persona. Me noté un bulto muy grande, pero cuando fui a la cura de los puntos tras el parto, la ginecóloga sentenció que se trataba de un bulto de leche al que no había que darle mayor importancia… sin ni siquiera palparlo. Seis meses después, cuando volví algo preocupada porque aquello no desaparecía, la película era otra muy distinta. Y, desgraciadamente, los protagonistas éramos nosotros.

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Esas preguntas inoportunas sobre sexo

Las preguntas sobre sexo nunca llegan en el mejor momento. Normalmente, estás en la cola del supermercado o en el coche con los hermanos pequeños, cuando tu hijo te grita desde atrás un “¡mamáaaaa!, ¿qué es f…?”.

El otro día mi hijo de ocho años cogió un papel del suelo. Ponía algo así: “Nueva en el barrio. Masajes desde 20 euros. Llámame al…”. Y de fondo, una mujer semi desnuda en una postura sugerente.

-Mamá, ¿qué es esto?

-Deja eso, ¡no se cogen las cosas del suelo! –corrí a responder.

-Pero, mamá, ¿que qué es esto? -me contestó muy serio.

-¡Que nada! ¿No te he dicho mil veces que no se cogen las cosas del suelo? –entré en bucle.

Ya iba yo a arrebatarle el papelito de las manos, cuando mi marido se acercó con una tranquilidad pasmosa. “Deja, ya me ocupo yo”. Y pensé: “Perfecto, ¡todo tuyo!”. Me adelanté en el paseo con el resto de la camada y los dejé a los dos solos charlando. “A ver, hijo, ¿qué pone en ese papel?”, oí que decía mi marido, mientras yo me alejaba con los pequeños. Y ya no alcancé a escuchar nada más.

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